‘Notre jour viendra’ (Romain Gavras, 2010): De las afueras

por Carlos Abascal Peiró


Romain Gavras desde un texto originalmente publicado en Cineuá. Hoy conviene. Notre Jour Viendra. O eso cabe aguardar.

Uno. La solución burguesa a la barricada, acertaba el cabrón de Benjamin[1], se dice ensanche en los manuales de urbanismo. De ahí, tal vez, el sentido y la raíz de la barriada, y -en la distancia, claro- de esa factoría de imágenes que se inventaron Romain Gavras, Kim Chapiron[2], la sombra de Vincent Cassel, esto es, Kourtrajmé: (algún) largo, cortos, sketches, piezas musicales, vídeos de ‘manifa’, bolas de goma, baise la police, etc, etc. A Romain le ha bastado una pequeña producción, más satélite que reducida, para levantar una iconografía propia que toma tierra en una evolución callejera del discurso que trazó la filmografía de su padre (Costa-Gavras) -sirve trocar el carné de partido por un bote de spray- pero también en cierto cine corsario made in USA (Abel Ferrara, Walter Hill) para, de paso, jugársela en la cancha publicitaria (demoledor spot Adidas). Y todo, todo, todo,  bajo el mapeo mestizo de los microformatos Youtube, la épica sucia de la electrónica contemporánea.  Wesh ma gueule!

Dos, el videoclip. En la Europa de los naufragios, del tuberculoso estado del malestar, la concreción básica del angst metropolitano seguramente orbite en torno al concepto de periferia, extrarradio. Banlieue, mecanografían las comisarías parisinas. Allí, fuera de juego, se las vieron Vinz (Cassel) y los suyos según relata El odio (La haine, Mathieu Kassovitz, 1995). Al lado, también –y ensambla Romain Gavras-, se reunían los chulos de chándal que presumían de bafles bajo el seminal mixeo del fallecido Dj Mehdi, el chico de los casetes en Kourtrajmé. O la hiperrealista razia periférica en Stress (Justice), peluquería orwelliana en esa demencial caza al pelirrojo para MIA, (Born Free). Y más. Tras la banlieue -casi nada- salvando la gasolinera, la hamburguesería, el burdel, el polígono: bingo. Ahí está el acuartelamiento zíngaro, los tipis de barro, el desguace, la mirada de acné y poliéster que Gavras le regaló a Simian Mobile Disco. Luego fue ‘Sarko’ y expulsó a los gitanos de l’hexagone, tal cual.

Tres. Una mudanza simbólica. La voz francófona cité[3], originalmente empleada para referir núcleos urbanos, ha trasplantado su semántica a la corteza (antes apodada faubourg, suburbio), veteada de fortines periféricos que -a su manera- acogen la verdad última de la ciudad posindustrial, es decir, sus sobras, el desperdicio. En París -sugirió Engels, ese suplente- confluyen “las fibras nerviosas de la historia europea”. Nos vale. Hacia el desahucio, la quimera comunitaria empezó su tragedia en la segregación que ejemplifican las afueras de la V República, la transnacionalidad aturdida, la atomización social, la sorna del Est(r)ado y las pintadas que los colegas de Jean-Marie Le Pen -ellos, nacionalistas- dedicaban a los ‘morenos’ en los muros de Neuilly-sur-Seine. Así, de la banlieue brotó La haine pero también el honesto De l’autre côté du Périph’ (Bertrand Tavernier, 1998) o, tangencialmente, parasitando videojuego y cómic, los entretenidísimos petardazos macarras  de la marca Pierre Morel/Luc Besson (Distrito 13, Banlieue 13, 2004; From Paris with Love, 2010). Cine de barrio.

Cuatro. Notre jour viendra (Romain Gavras, 2010). La hasta hora única cinta del gurú de Kourtrajme funciona a golpes, se estanca, retoma ideas y atesora ocurrencias muy potentes visualmente. Spin-off del Born Free –aquí también los pelirrojos lo tienen crudo-, narra el viaje autodestructivo de dos ‘zanahorios’ a través de un paisaje hostil, carnavalesco, sórdido, con ese aire a distopía industrial. Otra vez, Cassel. Connard de connards, cruza la provocadora mala hostia del ciudadano Houellebecq con la humanidad confusa de Bardamu[4] para lanzar así a su personaje, el psiquiatra Patrick, un mesías de barba incandescente. Y era de esperar, entre medias, apuntamos pandillas que parlotean en verlan[5], poses de nailon a lo el Tahar Rahim de Un profeta (Un prophète, Jacques Audiard, 2009) y toda una –ya memorizada- gramática fílmica a base de ralentíes, travelling frontales y un deliberado exceso en el gran angular. Hay, además, como en el resto de la cosecha Romain Gavras, un tratamiento hiperrealista de la violencia, sea física o emocional, que sirve al impacto y su traducción discursiva, por lo común una suerte de parábola sobre el racismo y la intolerancia y la fascistización de los estados. Polémica, entienden algunos.

A Gavras le va sortear los límites. Es, asegura, el único modo de despertar una reacción.  Lo admite mostrando los dientes, en ese gesto mitad divertido, mitad fanfarrón, que gastan los insurgentes. Y por mucho rato.


[1]   Libro de pasajes (Walter Benjamin, Akal, 2005).

[2]  Sheitan (2006); Dog Pound (2010).

[3]   Más (suculentas) ideas sobre éste y otra multitud de temas.

[4] Viaje al fin de la noche (Celine, 1932).

[5] Argot del francés típico de los barrios populares.

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