Raíles hacia Wes Anderson: Los hijos de Seymour Glass

por Carlos Abascal Peiró


‘Sospecho que la gente conspira para hacerme feliz’, teorizó cabizbajo el gurú de los Glass. Lo cierto es que todavía resulta atractivo saborear aquello de su conspiración. Y lo seguirá siendo por un rato, de momento. Desclasada estrella radiofónica infantil, Seymour Glass se voló los sesos mientras su esposa, Muriel Fedder, cabeceaba somnolienta en la cama contigua[1]. Vida y muerte -relató Salinger– de un titular indiscutible según la desarraigada psicología norteamericana del disfuncional, asaeteado en algún recodo rumbo (naturalmente) Noroeste -simbólica frontera del outsider USA. Salinger, Jerome David Salinger, reubicó su puzzle particular tras las vagabundas pisadas del Holden Caufield que se esforzó por otear el centeno[2], sobre la pista genética de la excesiva saga Glass, de aquel extraordinario ser humano, Seymour, que nunca acertó a encubrir su (inolvidable) fuera de juego. Dimensión arquetípica de lo marginal, bajo la epidermis salingeriana late el huidizo sello del tipo que noqueó al fotógrafo, al fin y al cabo tótem referencial –bien sea en forma de tributo, rechazo o contrapunto- para un respetable lote de la creación estadounidense contemporánea. Tras el rastro del más emblemático profeta de los errantes. Conviene, avisan, no apartarse del sendero.

A Wes Anderson –además- le escoció el desaguisado del mayor de los Glass. A él y a otros que un día se juró imitar. Como al artesano Ashby, que apostó por filmar a los fúnebres Harold & Maude (ídem., Hal Ashby, 1971) mientras, años antes, Dustin Hoffman reventaba bodas en aquella fábula middle-class que fue El graduado (The Graduate, Mike Nichols, 1967). Holden, y Seymour más que Holden, inoculan a la cosecha creativa post Salinger una serie de trazos distintivos más o menos reconocibles en función de quién firme el artefacto negociado. Y otra vez, Wes Anderson. El texano incorporó la poética made in Salinger  -lección bien memorizada- a su depurado estilo visual, una personalísima impronta estética/temática que arrastra (por qué no) al ganso sentido dramático de los aparte de Godard, el trastabillado humanismo propulsado por Doinel/Truffaut, todo ello hibridado con pedazos del buenismo Sturges y aquella verborrea de las orillas que tuvo en Ignatius J. Reilly[3] a su profeta. Precisamente ahí toma tierra el cine de Anderson, una filmografía que redondea en cada pieza su condición de autor, la del más cool entre los indies -incluida la critica hacia la ausencia de discurso que desata la prominencia estética-, pero también la de efervescente cirujano en torno a la tan salingeriana poética de la madurez como conflicto, coordenadas para una adolescencia crónica, o el día en el que los gilipollas dejaron de serlo para recuperar un tiempo perdido.

Del aterrizaje, Bottle Rocket (ídem.,1996), a los límites que sella Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007); de la –tan Glass- saga Tenenbaum (The Royal Tenenbaums, 2001) a la maestra Academia Rushmore (Rushmore, 1998); de la fábula transgeneracional que lanzó Mr. Fox (Fantastic Mr. Fox, 2009) al delirio naïf de ese extravagante Jacques Cousteau que el pétreo Murray transformó en Steve Zissou (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004). Una obra, la del inconfundible Anderson, que –a su modo, desde luego- punza los acordes clásicos de la producción USA, esto es, el núcleo familiar y sus diversas mutaciones, si bien a través de esa mirada autónoma que, a cada relato, se interna en una desconsolada geografía sentimental (de nuevo salingeriana) pivotada en torno a la inocencia y su modulación más nostálgica. Y allí, feudos Anderson, de emergencia o no, la puerta de salida parpadea bajo el signo del travelling, articulación fundamental junto a la panorámica de la medida puesta en escena.

De costado, avance o retroceso –montada sobre raíles- la cámara de Anderson, a menudo al ralentí, ilumina la estilizada nebulosa en la cual tropiezan sus criaturas, persigue los traspiés de cuña Nintendo a los que se entrega el señor Zorro (Fantastic Mr. Fox) o revela el artificio al milimetrar lateralmente los compartimentos de un tren expreso, del buque de Zissou (The Darjeeling Limited, The Life Aquatic). En la distancia o la aproximación, con frecuencia, el travelling configura la clausura del film (The Royal Tenenbaums, Academia Rushmore, The Life Aquatic), como si Anderson buscase recordarnos la frontera entre el relato y sus afueras. Quizá, más allá de todo eso, funcione a modo de estilete en esa cirugía de la inocencia, dotando al cine del texano de cierto aroma infantil, casi de viñeta, la de sus protagonistas, empeñados en confusos rodeos, tan desternillantes como traumáticos: del ermitaño Zissou a la desorbitada familia Glass, enumerando entre medias las jugarretas de Max Fisher en Rushmore, imborrable empollón colgado de su profe de literatura.

Seymour se disparó el cráneo hace tiempo. Muriel mudó las sabanas, desplazó trastos, consiguió una cómoda nueva y alquiló otro apartamento. Y nada -pese a todo, señala Anderson– nada ha cambiado. Seymour, Salinger, otros memorables desubicados tras algún parapeto del firmamento, pueden respirar tranquilos.

de un artículo publicado en Cineuá el 29/09/2011


[1]  Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour: una introducción (J.D. Salinger, 1963).

[2]  El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye, J.D. Salinger, 1951).

[3]  Protagonista de la necesaria novela de John Kennedy Toole, La conjura de los necios (1980).

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