‘Shame’, Steve McQueen: El sexo del capital

por Carlos Abascal Peiró


Shame (Steve McQueen, 2011) no es una película redonda. Abandona tramos, pasajes por explorar; resbala en la pendiente del relato. Y hay mucho de hype en su sonoro aterrizaje comercial, tras el condescendiente reflejo crítico. Ya.

1. Pero, con todo, al tiempo, reúne y transporta un denso circuito subtextual en lo que -de nuevo, tras la pista de Margin Call (J. C. Chandor, 2011), la calculería de Moneyball (Bennet Miller, 2011), el último Ferrara o Up in the Air (Jason Reitman, 2009)- conviene descifrar como un inspirado estudio del roído zeitgeist postindustrial. El dibujo patológico del adicto sexual, aquí soberbio, permite a McQueen operar la pandemia de la dependencia, sus dispares y -pornografía, literatura de autoayuda, fármacos, televisión, shopping mediante- lucrativos trasvases, o todo un esencial ‘debe’ para una survivor guide en las sociedades de la obsolescencia. La cosificación de las personas, la deificación de las cosas. El adicto, así, viene a resultar otra mutación ontológica en la era VirginPanasonicGoldmanSachs.

2. Como lo fue The Girlfriend Experience (Steven Soderbergh, 2009). Al dedillo. Trazados desde cualquier lección de economía básica -consúltese capítulos relativos a la dupla valor de uso/valor de cambio-, los devaneos de Brandon se ajustan a la primaria matemática del vademecum neoliberal. Hacia el más lúbrico de (todos) los márgenes de la plusvalía, McQueen y Shame y Fassbender demuestran como Ser es participar del librecambio y, de paso, al fin y al cabo, poseer. Aunque constante, el sexo se muestra desprovisto de cualquier erótica, una transacción física o -esa particular metafísica de nodos- cibernética, tan ventajosa como un transfer comercial, el rédito diario de un mercader de bonos.

3. Más lecturas. Sentido contrario, de Cosmópolis (Don DeLillo, 2003) a La hoguera de la vanidades (Tom Wolfe, The Bonfire of Vanities, 1987). La épica bursátil bautiza nuevas iniciales en su santoral. Brandon Sullivan -o la potencia de Michael Fassbender– oposita a dorsal propio según esa retorcida alineación que compusieron Patrick Bateman, Sherman McCoy, Eric Packer o Don Draper. Tipos del traje gris, héroes del capitalismo financiero que revelan una identidad rasgada, sintética, ahuecada bajo la misma idiosincrasia que rige sus números -los nuestros. Brandon, como sus predecesores, acuña un sentido metafórico del hoplita neoliberal, hemorrágico en su afán por ganarse una identidad, o un empeño casi tan voluble como su argumentario sentimental.

4. Los hombres y la ciudad. McQueen, esforzado tras la cámara, se las ingenia para cerrar varios instantes de antología. Porque Shame, fuera de una memorable secuencia inicial, respira a través de un puñado de planos fijos: repostajes hacia esa catarsis (final). Va marcador. Bronce, Carey Mulligan y su opiáceo cover de New York, New York -cuya significación apenas se sostendría sin el demoledor contraplano de Brandon. Plata, el (no) diálogo de ambos hermanos frente a un televisor en el cual relampaguea una historieta animada a lo Max Fleischer. Logradísimo oro: mientras tantean posiciones en el transcurso de otra primera cita, Brandon y un ligue de oficina arman trabajosamente una conversación de clichés, pretextos, avisos del maître, la certeza de que nada hay detrás.

Si acaso -como finalmente constatamos- la vergonzosa, dolorosa impresión de, en la distancia, sentirnos próximos. Porque, a fin de cuentas, nos parecemos. Algo nos parecemos.

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