Llegar a casa: ‘Un día de furia’ (1993), de Joel Schumacher

por Carlos Abascal Peiró


“Un día de furia” (Falling Down, Joel Schumacher, 1993) es una fábula. Otra fábula sobre esa (Norte)América que se mira en el espejo y no termina de gustarse. O sí, aunque convenga guardar silencio. Pero -volvemos- quiere ser una fábula, una suerte de cuento moral en algún lugar entre la distopía y un clip sabor CNN. Y, ah, “Un día de furia” es también -y está más que dicho, que para algo cobran el postestructuralismo, los amiguetes de los cultural studies y Rosenbaum y Zumalde[1] y ese contencioso (argumentado) que mantiene con Celestino Deleyto[2]– una lectura esencialmente reaccionaria de la USA contemporánea, de la caída de los imperios y sus Relatos, de las reinvenciones de la masculinidad y sus nombres, de (al menos en parte) cómo somos y  -seguramente- de cómo esto de ‘SER’ resulta cada vez más engorroso. O no.

Y de nuevo viejas premisas. Un tipo común, un yuppie que sentó la cabeza, un wasp[3] con el pelo cortado a cepillo, muy marine, al uso militar. O un divorciado que ha perdido su empleo en la industria armamentística y sobre el cual, cortesía del Estado de California, pesa una orden de alejamiento de su ex-mujer. O un cualquiera, un everyman, un -escribe Deleyto– Joe ‘Normal’. O, además, un permiso de conducir a nombre de ese tal Bill Foster aka ‘D-Fens’ (Michael Douglas) que explotó mientras quemaba minutos en un atasco -Los Ángeles, LA-, que no deja de repetir a quién quiera que esté dispuesto a escucharle lo mucho que desea “llegar a casa”, la de su ex–mujer, y felicitar a su única hija el maldito cumpleaños. Desde aquí, todo seguido, tras ese atasco inicial de vocación felliniana, arranca un tour-de-force que rastrea la jornada de ‘D-Fens’ -planteada como una catarsis episódica- y su correlato políticamente correcto, un oficial de policía que rumia su pensión, el detective Prendersgast (Robert Duvall), resuelto a despedir su carrera dando caza al oficinista chiflado. Buena suerte, vaquero.

Y Duvall y Douglas son versiones del mismo sujeto: aquel entusiasta que sostuvo a Reagan y luego a Bush senior, y que sólo aprobaría la retórica Clinton cuando Monica (Lewinsky) resolvió contar su historia. Mayoría silenciosa, más o menos. Porque ambos presentan aristas comunes. Desorientados, rendidos ante una feminidad ausente -del divorcio, Foster; al castigo telefónico, Prendergast- para un mundo en caída libre tal y como una vez lo conocimos, falling down. Sostiene Deleyto que el personaje de Duvall viene a funcionar como una evolución civilizada del fascismo esquizoide que se apodera de ‘D-Fens’, un cisne blanco, la masculinidad reciclada bajo -eso sí- el prisma patriarcal de una sociedad cuyas malformaciones (Foster) no se erradican tras el horizonte del progreso. Al contrario, se invisibilizan (Prendergast). Puede. Aunque el debate en torno a la identificación -salvados los primeros planos subjetivos (POV shots) que comanda D-Fens- bascule con precisión hacia el afable sheriff,  pese a la glaseada redención final del primero. Que, previamente, se habrá enrolado en un circuito de sketches adulterado en el estereotipo. A sabiendas. Y esa es una virtud del compacto relato que urde Schumacher, la honestidad. En cuanto a que su discurso permanece siempre a flote. Luego virtud: que se sabe fábula y de ahí que provea arquetipos idóneos para los avispados del laboratorio académico y sus estudios de raza, género y -claro- representación. De modo que, en estas, los latinos son pandilleros, los rednecks[4] presumen de glándula nazi y el colectivo gay apuesta por la lycra mientras los golfistas peinan canas, estilan un vestuario Norman Rockwell y apenas aciertan a no escupir una consigna republicana. Muy de libro. Y la hamburguesería, por cierto, continúa siendo esa metáfora redonda y carbohidratada del melting pot estadounidense.

Vale que perviva el catecismo tea party -familia, nación, revólver- pero también es cierto que éste comparte carril con una socio-reflexión devastadora. Porque, sabemos, las sociedades después del bienestar son complejas. Y están los días de furia y, eso que hemos perdido, la furia de los días. De esos días que se fotocopian entre sí, del timetable postindustrial y la insatisfacción congénita a la civilización de los suburbios, el sándwich de atún y las hipotecas.  Cuando, luego de todo, quisimos “llegar a casa” –o Foster y su mantra. Algo similar le sucedía al nadador de Cheever y Frank Perry, al Paul de “Jo, ¡qué noche!” (After Hours, Martin Scorsese, 1985). A los pioneros y sus larguísimas culebras de caravanas. Al cow-boy, el marine, el businessman, a Henry Chinaski. Es -sí, otra vez- esa América que sueña con volver al lugar al que, tiempo atrás, pudo llamar hogar para -en el trayecto, a la llegada- descubrir que se ha hecho tarde, que alguien dispuso el cierre y las cosas han cambiado. Y que reconocerse resulta cada vez más fatigoso. En fin.


[2] DELEYTO, Celestino (2003). Ángeles y demonios. Barcelona: Paidós.

[3] De White Anglo-Saxon Protestant.

[4] Literalmente ‘cuello rojo’. Denominación despectiva del sureño USA con la cual, durante la secuencia de la armería, la pareja gay desprecia al visceral dueño del local.

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