El último de los veranos: ‘Adventureland’ (Greg Mottola, 2009)

por Carlos Abascal Peiró


‘What’s your name summer girl? Will you stay until september comes?’

 Summer Girl, Family of the Year

Cosas que ya sabíamos. Aunque Adventureland (Greg Mottola, 2009) hunda argumentos en el abismo de los reaganianos ochenta, el film de Mottola participa a sabiendas de ese melancólico smog que la factoría Apatow, Judd Apatow, ha terminado por convertir en otra particular molécula para un mapa genético del cine post 11-S. De otra manera: eslabones hacia un descacharrante sentido de esto de agotar el calendario, si bien  -que lo sabíamos- contaminados por una amargura líquida, del desencanto, que acucia la raíz de sus historias para en ocasiones preludiar un conservadurismo de inclemencias, de parvulario y chimenea –Lío embarazoso (Knocked Up, Judd Apatow, 2007).

Más. Bajo la inflada égida de la new american comedy -también sabemos- emerge un crisol textual que, examinado con cierta perspectiva, viene a conformar una sólida reflexión en torno a la adolescencia como permanente estado mental, la madurez y sus más diversas estaciones de paso. Es decir -y acertamos otra vez-, escalas hacia la sofisticada evolución de la (en este caso) teen movie y sus bifurcaciones como paisaje genérico de una apreciable densidad narrativa y/o semántica, y cuya emergencia no es general pero sí cada vez más frecuente.  Todo sabido.

Y entre tanta evidencia casi reconforta especular con qué carajo soltarían los inolvidables pajilleros de Supersalidos (Superbad, Greg Mottola, 2007) si echasen un vistazo a las insípidas páginas de Susan E. Hinton. Y fácil, muy fácil, de levantar la mano: vomitarían. Porque lo cierto es que los quarterbacks expedientados y los tríceps de Matt Dillon en La ley de la calle (Rumble Fish, Francis F. Coppola, 1983) ya no lucen como antes; nevermind. E incluso el coro de American Pie (Paul Weitz, 1999), maltratado por la alopecia, tuvo que apartarse ante el festivo y sebáceo empuje de los novatos, la última revancha de aquellos desplazados que, desde los recodos de Movida del 76 (Dazed and Confused, Richard Linklater, 1993), suspiraban por una blowjob en condiciones. El caso es que, dominante, la tribu nerdy sostiene el joystick hacia -atentos- la nueva fábula generacional norteamericana; los tíos que al fin y al cabo -desatendidos por Cindy, Stacy y Rachel- idearon Facebook entre porno hardcore y cortezas de cerdo, tras esa tribuna freak que siempre fue el concurrido mostrador de (supongamos) Clerks (Kevin Smith, 1994). Porque, de nuevo, está todo ahí. En ese desconsolado imaginario nerd, en la nostálgica mirada -ahora la debacle se reinventa en añoranza- que anuncia este presente de la muerte del Relato(s), de Lehman Brothers, las hipotecas subprime, Oprah Winfrey, los carbohidratos, Newt Gingrich.

Qué fue del último de los veranos. En Adventureland el padre de James es apartado de su puesto de trabajo y nada encaja en la contabilidad familiar. De ahí que, durante el verano que precede a la universidad -ese sparring de fogueo-, James (Jesse Eisenberg, o la versión gélida del gurú Michael Cera) se empeñe en un desfasado parque temático local. Luego -claro- vendrá la chica, Em (Kristen Stewart), y del brazo una alucinada pandilla de slackers que, en parte, profesionalmente, se hizo mayor secuestrando daiquiris en garitos para monologuistas del stand-up, primero; bajo los focos del Saturday Night Live, después.

Así las cosas, Mottola retoma la poética adolescente para escarbar en la deshecha partitura emocional del empollón-colgado-de-la-chica-de-atractivo-opaco, o un pasadizo básico -todo sea dicho- según esa narrativa teen que de nuevo aquí, sin dejar de pinchar Lou Reed o los Stones, impulsa envolturas cool a medio camino de la plástica polaroid y el digital quirúrgico. Esto es: nada nuevo bajo el sol, o el fiel (y deliberado) empleo  de los más elevados códigos del género. Pero nos vale. Seguramente porque Mottola se desmarca como nadie en esa acnéica parcela del campo donde todos fuimos suplentes, como lo son James y Em y cualquiera que todavía tire de sirope para cerrar el desayuno, que canjee triunfos por miradas. Y es -premio- hacia ese verano de los dieciocho donde enfoca la cámara de Mottola, donde uno desdobla coordenadas para caer en la cuenta de que sí, el suyo, con mayor o menor acierto, se acerca bastante al nuestro. Memoria compartida.

Así, llegados a este punto, Adventureland toma distancia, galones, a partir de su sincero estudio de caracteres, redibujados tras la mirilla de esa melancolía crónica, la de un zeitgeist contemporáneo que muerde tierra cuando se apagan las luces. Porque es verdad que hay días que no regresan, como también es cierto que nuestro tiempo se ahoga allá donde amanece el fun-system, hacia un ocio balsámico que, al igual que la barraca de James, se metastatiza mediante –informa Robert Venturi– arquitecturas Disneyland. Existe, pues, un correlato sentimental del actual fregado, un afán que surca, no ya el catecismo bursátil o las agencias, sino las imágenes y las historias, persiguiendo, bajo la dureza de este invierno, el anaranjado recuerdo de una estación ya cubierta. Y cada vez más lejana.

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