El realismo, Audiard y su profeta

por Carlos Abascal Peiró


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Entre otras cosas, el relato como artefacto se nutre de lo que sucedió y, eso que ganamos, aquello que pudo suceder. De los puntos de vista, naturalmente. Del paisaje, los caracteres: cosas que pasan. Jacques Audiard practica un cine de asperezas ligado a una violencia que, sabiamente, toma aire tras el complejo molde de sus criaturas, tan endurecidas como dueñas de una peregrina sensibilidad, huella voluntariosa de -vaya- un autor. Y, ahora sí, cualidad fundamental para entender la mirada del francés. Porque hablamos de una sensibilidad particular, o un modo de mirar que asoma tras las pupilas de Tahar Rahim, el inesperado slow-motion, el desmejorado tránsito de un cadáver sin juicio, Marseille y la primera playa, ciervos que -como en “Una historia verdadera” (1999)- la palmaron porque, me temo, tenían un buen motivo para hacerlo. Más allá de la depuradísima puesta en escena documental, la parka en cuero y el chándal tobillero, “Un profeta” (2009) no es sólo -junto a la insuperable “La evasión”(Jacques Becker, 1960) y varios permisos de Bresson– el gran tótem de la jail-movie francesa, sino que además confirma cómo el realismo fílmico también concede espacio a lo no-real. Seguramente tratamos más una licencia para mirar -a veces- que una adhesión religiosa hacia lo que pasa. Y eso que (otra vez) hemos ganado.

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