Postales sin dorso: Moonrise Kingdom (Wes Anderson)

por Carlos Abascal Peiró


Va, “Moonrise Kingdom” (2012) es, digo, la película andersoniana que menos me interesa hasta la fecha. De modo que si un pedazo de lo que pienso sobre Wes respira aquí, otra (sesgada) porción del resto se sucede a continuación. Lo leí y conforme: están Verne, TwainBonnie Parker, la escapada del fou Pierrot que filmó Godard o Salinger y su -reincido- Seymour Glass. Ya nos sonaba, la orfandad -sentimental en el caso de Anderson, real según sus criaturas- razona la filmografía del texano para concretarse en toda su crudeza bajo las scout tales que impulsa “Moonrise Kingdom”.

Irreprochable como de costumbre, hechizante: la puesta en escena, la matemática del encuadre, el esmerado mapa referencial y, en definitiva, una tara diagnosticada según la cual Anderson agita febril los brazos mientras aúlla eso de ‘eh, tíos, supongo que habréis notado que tengo un gusto de dos pares de narices’. Verdad, toneladas de clase. Pero en la enrevesada dialéctica forma/contenido empezamos a sentir cierta inflamación. A mí si me importa que el cine resguarde, al menos, un escueto código de señales. Que no se parezca a un mazo de postales sin remite ni remitente, el dorso vacío.

Era interesante cifrar aquel amor de campamento al que todos opositamos una vez, el contagio infantiloide del universo adulto, su reverso adultoide (neologismo) y, es decir, narrar lo de siempre: una madurez por aterrizar aislada desde el punto de vista emocional, fugitiva trastabillada de un núcleo familiar poco experto, disuelto o sencillamente por hacer. Sin embargo, apartando un ajustado santoral del firmamento empollón, la última de Wes Anderson se atasca cuando trata de trascender el lienzo. Pues vaya.

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