De qué nos reímos: Reality (Matteo Garrone, 2012)

por Carlos Abascal Peiró


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Sé que “Reality” (Matteo Garrone, 2012) me gusta. Como un premiado en la ceremonia del Planeta, también lo supe antes de sumergirme en la sala oscura (literalmente, este segundo caso). Y creo. Que el crítico oficial debe ponerse muy retorcido para no defender el último Garrone. Que el cine, por rastro sanguíneo y biografía, pertenece a los que menos pueden. Y que somos lo que tenemos porque algunos, astutamente, procuraron que así lo tuviésemos. Y ellos, que sí pueden, nos han desprovisto de tanto a nosotros, que cada vez podemos menos, aunque cuidaran -ay- de que conservásemos intactos los objetos, toneladas de objetos. Además del televisor, se entiende.

La Italia del berlusconismo y la bufa televisiva y el white noise como disolución del homo demócrata deben inspirar al Garrone que cocinó esta fábula. Entonces: relato, puesta en escena, rumbo hacia un realismo pintoresco que despega ruidosamente del terreno costumbrista (Lattuada, Monicelli) para tomar tierra en las satíricas pistas de ese grotesque felliniano que, rescatando podios en la lista, emergía para el primer tramo de “Roma” o el grueso de “Amarcord”. Sin olvidar, y ciertamente lo está, una batería de remites al esclarecedor modelo que fue Alberto Sordi en el rol de “El jeque blanco” (“Il Sceicco Blanco”, Fellini, 1952). Y del todo. Aniello Arena, el excamorrista convicto que da vida a ese pescadero napolitano atorado por el helio de la fama, alude sin reservas al inocente buenismo del Sur que Lattuada y otros sublimaron en Sordi. Claro que aquí, el otro jeque, el que actualiza Garrone, fue bautizado como Enzo y destrozó las centralitas de sms para convertirse en un victorioso último superviviente del show televisivo “Grande Fratello“, otra ironía de Mediaset y su aceitoso dueño para fabricar comparsas de bunga-bunga. O un santoral en las sociedades del espectáculo.

Aniello-Arena-en-Reality

De modo que sí, es es muy cierto que Garrone estira a sabiendas la tradición de la comedia transalpina. Por mucho que “Reality”, conforme avance argumentos, deje de resultar una comedia (anymore) para dibujar una serie de desoladoras constataciones de cuña Escuela de Frankfurt -y qué, de redoblada vigencia. Uno: la reconversión de la risa, del trasunto subversivo, en mecanismo de adhesión. Dos: el discurso humanista y su despiece a manos de una crítica tan suspicaz como aséptica. Tres: la pujanza de la dominación softcore y sus tentáculos. Cuatro: la desintegración de las masas críticas, o un razonamiento parcial del berlusconismo cuya culminación lógica pasaría por un proceso electoral similar a la retórica reality-show: votos sms y acoso del candidato mediante vídeo de circuito cerrado. Las conexiones aterran.

Alguien deslizó la idea de qué la película anula sus propósitos al participar erróneamente de su objeto de crítica. Alguien se equivocó. La película articula una distancia que redescubre la miseria del aparato social y sus escalas. Gran Hermano, la réplica ibérica, se nutre fundamentalmente de individuos de extracción social media-baja. La audiencia, en cambio, se estira sobre la estratificación de clases. En “Reality” dejamos de reír llegados a cierto punto. Es a partir de ahí. Cuando Luciano deambula, casi un espectro, parco en palabras, cuando repta entre el cableado y los raíles y traspasa los falsos espejos para, pese a pasar inadvertido a los concursantes, pisar el plató de su fantasía suprema. Tragedia del capitalismo como way of life, de la evolución contable de los media: el comercio y la puesta en venta de la dignidad humana.

Y compone Desplat. Y Garrone escoge siempre bien. Y el casting arrolla. Y la mirada de Arena, casi un personaje del inolvidable Gianni Rodari. Si la esclavitud contemporánea se reinventa en invisibilidad, sus estrategias de seducción reposan sobre la promesa contraria, hacerse visible. Es decir, ser visible. Ser. O ni siquiera, cada vez menos.

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