Qué sabemos: The Newsroom

por Carlos Abascal Peiró


Esto, que se publicará aquí, debería funcionar como una enmienda a lo que dije allí.

Suponemos que fue en algún lugar a medio camino de los pop sixties y esa pynchoniana y chiflada prehistoria web que tecleó Arpanet. Es decir, cuando el gesto de ‘mirar’ desplazó terminalmente a ese otro de ‘ver’, o -conforme al emporio de la semántica- cuando la lucidez se esfumó del consumo de imágenes: el registro por la percepción, la tweetaridez por una reflexión que se dijo frondosa. Mientras, aprisa, al tiempo, mirábamos más y mucho y, claro, empezamos a ver menos. A saber: erupción de los focos, textos como contextos y aquella troncal sobre multiplicidad de superficies para (también) lecturas de superficies y otros síntomas de lo que Nicholas Carr descifra como una imbecilización 2.0. Entonces, a lo que vamos, The Newsroom (HBO, 2012-) pierde en el ver y gana en el mirar. Y uno, que dice que escribe, revisa y se lo piensa. A ver.

El padre. Hablar mal de Aaron Sorkin figura junto al negacionismo en varios códigos penales. Sports Night (ABC, 1998-2000) era tan simpática, El ala oeste de la casa blanca (NBC, 1999-2006) o la castigada Studio 60 (NBC, 2006-2007) resultaron fundamentales y el libreto de La red social (David Fincher, 2010) juntaba Shakespeare, el Gran Relato USA y la poesía ‘puntocom’ de las sociedades de la hipercomunicación, su reverso: hipersoledad. Y The Newsroom, losquehaceres de una división informativa major, no es bajo ningún concepto un patinazo. Allí, control de realización de la ficticia ACN, se hacen las noticias -‘we do the news’- y los cómo están cambiando porque ahora McKenzie McHale (Emily Mortimer) produce el programa de Will McAvoy (Jeff Daniels) y esto sólo puede significar: uno, el periodismo reintegra la higiene como servicio público; dos, el Tea Party se reengancha al prozac. Hasta ahí, más o menos.

Y sabíamos. Que a Sorkin le gusta la tele, firma TV shows about  TV shows y sus stories -al igual que las escaletas recitadas por McAvoy- urden un sólido discurso ideológico. (Sí, pese a ese capítulo de Osama digno del más lúbrico Donald Rumsfeld, esto es izquierda según Norteamérica). Tan compacto, sabemos, que una suerte de retórica power point termina por empapar el esqueleto dramático, casi reducido según los tramos a una sesión universitaria de reporterismo softcore. Pedagogía por mascar, una presunta sedición que se toma demasiado en serio hasta el punto de que, en fin, desbarra fuera de la categoría subversiva, ya transformada en una fábula de lumbre e invierno. Algo sabíamos. Por ejemplo, que Carlos Marx, hace varios ratos, vino a describir cómo el discurso dominante, en vistas a perpetuarse, generaba preventivamente sus propios antidiscursos: argumentarios de burbuja. Ergo, frente al ayatolá McAvoy uno detecta más motín tras las cafradas del mayor tarambana entre los anchorman: El reportero (The legend of Ron Burgundy, Adan McKay 2004).

Y sabíamos que antes -sirve Studio 60– la lección se escondía bajo el diálogo y sabemos que ahora uno debe esquivar lotes de temario para saborear esa gran virtud sorkiniana, precisamente: el golpe verbal. Pese a que, es verdad, The Newsroom se conciba como -al fin- un romántico alegato del oficio, un tolerable acto de hidalguía (sus personajes estrujan el campo léxico de quijotismo) porque, y esto es así, urgen las buenas noticias. Aunque provengan de la ficción.

Más. Que en 1976 se estrenó la totémica Network (Sidney Lumet), cuyo arranque -como ya sucedía en Studio 60– parafrasea Sorkin para un prometedor piloto y, de paso, el despegue hacia dos declaradísimas vocaciones personales: la oda sentimental a la cronología televisiva estadounidense y sus héroes, la reivindicación de un nirvana gacetillero. Luego se plantean dos cuestiones. De un lado: qué sería de Sorkin y dos tercios de su carrera sin la profecía de Lumet –o la cámara de Altman. De otro, ¿funciona The Newsroom como un segundo asalto de Studio 60?: la revancha amorosa por resolver, la trastienda televisiva, la pugna entre las cuentas y lo que (muy en el fondo) cuenta. O, mejor, el qué se cuenta. O, peor, el declinante pulso dramático conforme la temporada agota sus números. Todo por saber.

Y lo que sí sabíamos, porque estaba aquí y aquí, es que a Aaron le lastra un sexismo ya voceado desde algún recodo de la crítica. Premisa: el estudio de la representación, coordenada de laboratorio académico, no debería entorpecer un visionado inteligente. A no ser que, repasando los highlights Sorkin, reflote la certeza según la cual Ellas sólo son en función de Ellos. A no ser que Maggie (Alison Pill) resulte insoportable, a no ser que McKenzie diluya su molde de acero para revelarse una párvula emocional y a no ser que Sloan (Olivia Munn) reciba, tras la pataleta, su debida lección en torno a cómo gestionar un off the record. Y van demasiados peros.

Sabido, muy sabido. Tan sabido como que Sorkin continúa siendo Sorkin. Y de Sorkin -se sabe- aprendemos. Es decir, sabemos más. Después de todo. Así que uno, que aún dice que escribe, también sabe de una segunda temporada. Que permanece al tanto, todavía. Mientras suma la certeza por la cual, a veces, más vale cubrir una pista por doble partida. Aunque sólo sea al uso de tantas líneas sorkinianas. Walking & talking, amigos míos.

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