De cuando HBO suprime “Bored to Death”

por Carlos Abascal Peiró


Aquel martes se cepillaron Bored to Death (HBO, 2009-2011). Admito que no resulta descabellado concluir que HBO acababa de hacerse un favor. La serie de Jonathan Ames se quedaba (demasiado) a medias en su particular apuesta y, encima, impunemente, concedió licencia a la mitad de su reparto para vestir de American Apparel. Pero, aún con todo, Bored to Death nos había descubierto un puñado de cositas. Y no me refiero a que su protagonista se las diese de amante del vino blanco. Hay más.
Uno. Terminó por entronizar al mequetrefe de Jason Schwartzman en el corazón de la imaginería nerd.
Dos. Demostró, de paso, cómo el look Wes Anderson es transplantable al medio televisivo con resultados tan decentes (según unos) como irritantes (según otros).
Tres. Recuperó al inolvidable Ted Danson para la causa catódica, adjudicándole el que, de lejos, fue el más memorable personaje del tinglado: un editor piraña con espíritu de hippie y aspecto de columnista del Wall Street Journal.
Cuatro. Le enseñó a un Zach Galifianakis completamente recobrado del resacón lo bien que le sienta ese rictus de funeral que, ojo, patentó Bill Murray para hacer carrera.
Cinco. Durante un tiempo -no cuesta nada reconocerlo- supo muy amargo renegar de una serie cuyos protas se increpan invocando a Chandler, Jarmusch (delirante cameo) o Beckett.
En fin, fueron tres ajustadas temporadas y -alarma- todavía restaba hacer frente a esos cretinos que, secretamente encantados tras la clausura, presumían de serie ignota y gustos recónditos. Pues eso, que estábamos (que estamos) a tiempo de hacerles la faena.
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