Esos pillos, aquel juego: Trading Places (John Landis, 1983)

por Carlos Abascal Peiró


Exceptuando la titulación ibérica, la fabulosaEntre pillos anda el juego” (“Trading Places”, John Landis, 1983) puede enorgullecerse del resto.  Es decir.

Uno. De enrolar a dos pillos irremplazables –el blues brother Dan Ackroyd y un Eddie Murphy por aquellas muy higiénico- y, traduzco, mediante el intercambio de roles, versionar un tema tan clásico como eficaz: ese príncipe que fue mendigo según Twain, o Carpanta y Protasio, o el canalla de barriada (Murphy) que asume durante unas semanas la identidad de un magnate adiposo (Ackroyd) de vestuario preppy e inocente necedad.

Dos. De consolidar el talento muy venido a menos de un, a pesar de todo, tótem de la comedia USA: Don John Landis. O el tipo que, entre otras hazañas (no muchas más), imaginó a los “Blues Brothers” (1980) un año antes de dar cancha a ese hombre-lobo-yanqui en las aceras del viejo Londres. O, a la vez, un profeta de la teen-movie más degenerada y cult: “Desmadre a la americana” (“National Lampoon’s Animal House”, 1978). O, ahí va esa, el número al que telefoneo Michael Jackson cuando buscaba firma para el clip de, cómo se llamaba, “Thriller”. O, con eso basta, un amigo de John Belushi (festeje en paz).

Tres. De contar con, entre otras cosas (sexys), el corte de pelo (más sexy) de los ochenta.  Sí, ella, Jamie Lee Curtis.

Cuatro. De camuflar tras el comando de gags, cafradas y chapuzas todo un discurso -¡un discurso!- en torno a por qué Darwin no sólo hablaba de jirafas: qué suerte(s) hay que tener al nacer. Pues eso.

Cinco. De conseguir que tú, lector, jamás otees este punto, demasiado ocupado como estás de camino al videoclub y/o la nevera y/o el abigarrado despacho de ese amigo programador que todos tenemos en La Sexta3.

Bonne projection. Sean Felices. Qué redundancia.

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