The Master (Paul Thomas Anderson, 2012): El árbol y el humo

por Carlos Abascal Peiró


El Maestro como vórtice sociológico responde hoy a dos líneas de fuga entrelazadas. Uno: el desahucio que procura un mundo de teorías que se derrumban. Dos: la expansión de un discurso más o menos oportunista a modo de relato balsámico. Lancaster Dodd atraviesa en efecto ambas rutas conforme el guion de Paul Thomas Anderson, tras una primera mitad frenética, toma cuerpo para, es verdad que está todo dicho, elaborar diagnósticos en torno a una relación cuyos roles funcionan de forma intercambiable: The Master.

Si bien allá fue en Vietnam, la maravillosa Árbol de Humo (2007) de Denis Johnson dibujaba la atmósfera malsana del american angst ante la digestión del conflicto y, lo que resulta aún más traumático, sus torturados protagonistas: todo un leitmotiv USA de Rambo a los Deer Hunter. Johnson, en algún pasaje de la rotunda constelación narrativa que urde su novela, brindaba el retrato de un marine cuya verdadera guerra pasaba menos por Hanoi y más, mucho más, por la desoladora idea del regreso al hogar. La reinserción, la búsqueda de sí mismo y el reencuentro -o la colisión- con los otros hacia un paisaje, de nuevo, repleto de códigos.

En esta línea, la figura del discípulo -ese tarambana errante con vocación de alquimista- cobra sentido en unos States y un tiempo, los 50′ de Doris Day o Joseph McCarthy, que a su modo también trataba de reconocerse. La Causa -la cienciología, en fin- sólo es un pretexto. Otro. De ahí la huída hacia adelante: Phoenix y el campo de coles, el desierto y la motocicleta. De ahí, también, el barniz onírico que reviste la clausura del film: una fantasmal sala de cine. El lapso temporal que investiga el dogma del Maestro se reduce, al fin y al cabo, a un porche florido y esa Peggy Sue adolescente que se cansó de esperar y le dio el sí a un imbécil. Otro.

Y PTA, que se parece a muy pocos -en esas andan Malick y la TV generation de Altman o Lumet-, continúa siendo una cima del cine estadounidense (contemporáneo). Y The Master, por ambiciones, ambigüedad y puntería, todo a la vez, tal vez sea su mejor película hasta el momento. Más allá del superdotado trabajo de Hoffmann o Phoenix, dos intérpretes de epítetos, la cámara y, antes, la mirada de PTA, son cada vez más necesarias. Hoy y, sobre todo, mañana.

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