La Bruja Novata (Robert Stevenson, 1971): Peajes de infancia

por Carlos Abascal Peiró


20187832-r_640_600-b_1_d6d6d6-f_jpg-q_x-xxyxx

Los mundos de la infancia vienen a ser la más legítima de las excusas para renegar de este presente demoledoramente presente y tan real y tan fétido y, casi siempre, doloroso. Porque sabe a verdad aquello de que en la niñez se trata de vivir cuando en lo demás -remachaba Panero- apenas sobrevivimos. Y todo eso si nos dejan, que mucho está por decretarse, rescates al margen. Así que en tal coyuntura, uno, que ya es crecido y tira de hoja de afeitar, remueve el retrovisor para regalarse días como aquellos. Qué vaya días.

Se titulaba Bedknobs and Broomsticks, la lanzó el sello Disney y venía de unas children tales de la muy británica Mary Norton. Tras las muchas luces de otra Mary (Poppins), repetía dirección un aseado Robert Stevenson —no confundir con el sagrado progenitor de Long John Silver. Y efectivamente, acá en el imperio la conocimos como La bruja novata, y la bruja y también la novata fichaban en créditos como —miren por dónde— Angela Lansbury. A su lado, todo un elenco de eficaces rostros made in Disney entre los cuales destacaba el bienintencionado bigote de ese David Tomlinson al que nunca, y por mucho que arrugase el arco nasal, dejaron de llamarle Mr. Banks. El resto es un inolvidable y estupendo y tan british relato humanista donde las camas despegan de un muy por hollinar Portobello Market para tomar tierra sobre los animados hangares de una remota isla donde la ley se dirime playing football y los reinos son como siempre debieron ser, naturalmente, animales. Otro asunto es el paisaje. Sucedía todo —sucesos y sucesores— en Londres y sus rejuvenecidas campiñas, en la húmeda Gran Bretaña que sitiaron los aeroplanos de aquellos nazis tan impolutos en su evidente papel de malvados vocacionales. Y no faltaba nada: congresos antropomorfos, una entrañable batería de canciones, aquel London de aroma dickensiano o —toma— un delirante y enmohecido ejército de armaduras que optó por batirse en defensa de los pastos del viejo Arturo.

Que qué bueno ser niño. Y no se castiguen por echarla de menos porque, al fin y al cabo, de eso se trata: no hace falta ser bajito para pasarla tan, tan bien.

Anuncios