Jeeves y Wooster y P.G. Wodehouse : Los Zánganos

por Carlos Abascal Peiró


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En algún momento leí a Rodrigo Fresán, o ese must que escribe sobre musts, lo mucho que la Gran Novela Británica, una quimera tan jugosa como su prima-hermana estadounidense, confiaba en el humor como dispositivo narrativo. De Swift o Sterne a, recto y sin paradas, Amis. Y todo esto muy al contrario que su mentadísima prima-hermana. Así, a este lado, tras la densa bruma de las Islas, hubo una vez un inteligente caballerete que resolvió dar luz al despistado Ukridge, los trasiegos de Blandings, Pongo, Sam el Brusco y aquella chica no tan brusca, aquellas maravillosas golf tales. Pelham Grenville Wodehouse, que publicó mucho más de lo que César Vidal haya llegado a soñar, firmó mucho efectivamente —y nada malo— pero sobre todo nos regaló al perspicaz y no terrenal mayordomo Jeeves y su inolvidable señor: el muy snob y atolondrado e ingenuo y siempre impecable Bertie Wooster.

A cuenta de la nutrida serie Jeeves, hace ya un rato que la BBC se permitió lanzar una serie (Jeeves and Wooster, 1990-1993) que reclutaba al dúo (endiabladamente idóneo) Fry & Laurie para la causa PGW. Qué vaya causa. Y si bien, verdad es, lo Hecho por la BBC no logró codearse con la altura de lo Dicho por el bueno de PGW, el higiénico y tan aristócrata humor del autor que recibió a la Paris Review en pantuflas sí pervivía en la resacosa gestualidad de Laurie, el temple socarrón de Fry. O en las polainas, la gentil humareda del social club made in Belgravia, la sastería tweed. Porque más allá de la variación perversa del tema que brindaron Losey con The Servant (1963) o, más tarde, Altman en Gosford Park (2001), no hubo criado como Jeeves. Ni señor como Bertie.

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