Heaven’s Gate (Michael Cimino, 1980) : La (otra) génesis USA

por Carlos Abascal Peiró


Como todas las historias, la de Norteamérica participa y participó de ese síntoma dialéctico que reúne a opresores y, desde luego, oprimidos. En torno a 1870, año de graduación en el Harvard de Kris Kristofferson y John Hurt según «La puerta del cielo», Thoreau dormía ya bajo tierra y el corpus literario y filosófico de la llamada Escuela de Concord -Massachusetts, a un paso de las togas y el bonete- abonaba la sólida raíz del pensamiento USA. Entretanto, al Oeste, la otra infancia de Norteamérica, de frontera y espuela, terminaba por consumarse a base de plomo, la más antigua y expeditiva de todas las leyes. Tras el rastro de media creación estadounidense, y en ocasiones por medio de un discurso un tanto opaco, Michael Cimino -sabemos- se había propuesto filmar el convulso estómago norteamericano partiendo de su génesis («Heaven’s Gate», 1980) para, antes, detenerse en terrenos de madurez («Deer Hunter», 1978) y, algo más tarde, disolución («Year of the Dragon», 1985).

“La puerta del cielo”, más allá de malditismo, del asunto universitario y ese Epígrafe esencial hacia la pseudocinefilia de cofre y anecdotario, es un colosal ejemplo de buen cine. O, al menos, obviando el castigo contable de la United y la torpeza business de su director, la versión íntegra del film: 216 minutos de metraje rodado en un hermosísimo 70 mm. En estas, Vilmos Zsigond, el artesano que firmaba la fotografía, como Storaro con Bertolucci («1900», 1976) y como Almendros y Malick («Días del cielo», 1978) -dos títulos cuyo rastro sanguíneo da para mucho-, fue tan y tan consciente de la dimensión épica que obsesionaba al puntilloso Cimino. De ahí el recurso al naturalismo pictórico de John Sloan, Winslow Homer, los naranjas y el sol de tramo bajo. Y Cimino que, por cierto, contó de nuevo con ese glorioso marciano que todavía se hace llamar Christopher Walken. Además, estaban Jeff Bridges; o una extrañamente no angustiada Isabelle Huppert.

Y el cielo de Wyoming, el gran angular y la amarga epopeya pionera para una rareza entre todas esas y tan distintas resurrecciones del género que vino a liquidar Peckinpah. Porque es cierto que Cimino ensaya un dibujo nada complaciente de un seminal y hoy idealizado melting pot, un preludio de la ensalada social norteamericana reinterpretada a la (débil) luz de un fanal, puede, no lo sé, marxista. Así, bajo la -a menudo involuntaria- complejidad y el sentido trágico del relato y su cautivador alarde estético late una fábula fundacional apenas contada o, más bien, las deshechas costuras de una civilización que tardó más de lo que debería en serlo.

Anuncios