Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013): Vuelo a ninguna parte

por Carlos Abascal Peiró


Si España designa lo galo a través de la perfumada locución del spot navideño, la superchería gilipollas de Afflelou o el pase de prensa extranjera hacia, victoria ‘goja’ mediante, rescates al combativo L’Equipe por parte del rebaño deportivo (impreso), Francia ha visto en Almodóvar una suerte de emblema de lo hispánico. De ahí su relativa importancia en días de países-franquicia y estética bursátil. “Los amantes pasajeros” tiene un acierto mayor en su título, el resto es (casi siempre) desierto. Mariscal, que retorna al febril cielo de Almodóvar, tampoco consigue –es verdad– lo que se esperaba en los paratextos. Y ofende que cierta crítica oficial repita eso de que  respiramos screwball o que Pedro no se apellida Sturges porque en Calzada de Calatrava, en fin, son muy suyos. Se entendía con el gazpacho de Carmen Maura y los taxis salseros, después no.

Entonces “Les amants passagers” es una obra pobre, más allá de la pretendida ligereza (qué mal pretexto). Salpicado de réplicas televisivas, el guion tiene pasajes de taller amateur y, en lo que podemos leer como un síntoma del malestar creativo de nuestro cine, apenas muestra los resortes imaginativos -que aún debe tenerlos- de su autor. Claro que el discurso es el que urge -reflejos de un país de vedettes y canallas electos en traje- pero sin excesivos matices, demasiado transparente y desprovisto de eso que en otras ocasiones -otras- sostuvo al piloto manchego, la GRACIA. Desde el espejismo de un vuelo regular, una terrenal (quizá en exceso) llamada a la acción, a la carne: más o menos.

En positivo: Cecilia Roth está estupenda y, además de ciertas soluciones de puesta en escena, la santísima trinidad de a bordo es ya una estampa de la memoria fílmica patria. Y ahí se agota lo defendible. Nadie niega a Almodóvar cierto crédito y una propuesta medianamente personal, origen de varios naufragios y algún must, objeto de una inflación tan habilidosa como desigual. Pero hay que exigir más, al espectador y al texto. De lo contrario, nada de todo esto -ni siquiera la persecución de la carcoma ibérica y sus pillajes- tendrá sentido.

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