Su juego favorito (Howard Hawks, 1964): Sporty Girls

por Carlos Abascal Peiró


“El american male camina en la dirección de sus sueños”, escribió Thoreau desde su venerable rama. De la female, por el contrario, poco supimos. Tampoco Hollywood, que en cierto modo ilustró parcialmente la fábula vital del trascendentalismo, resolvió apostar por el sendero femenino. Como apuntan los manoseados textos de  Mulvey, el único logro del embate (post)moderno y sus liberaciones, queramos o no, pasó por desvestir el cuerpo de la mujer ante la cámara: los harenes Bond y la humareda sixties. A comienzos de los setenta, la teoría fílmica feminista, agrupada bajo la hégida de los cultural studies, se esforzaba por descubrir un relato no-patriarcal bajo el sólido corpus del clasicismo hollywoodiense. O no tan sólido. Entre otros, el totémico Howard Hawks y su cine, levantado en torno a esa curiosa bisagra drama/comedy, libraban una heroina cuyas coordenadas de independencia y relativa autonomía narrativa -sujetos parlantes, Evas con causa-  venían a trazar un discurso protofeminista nada desdeñable. Hacia esta utopía, los paisajes de la screwball y sus variadas y chifladas mutaciones permitían ensayar, bajo la astuta mirada de tipos como Cavell, toda una puesta en escena de aquella nueva mujer. Paula Prentiss, maltratando a un muy reivindicable Hudson post-Grant, era otra buena noticia.

Anuncios