Studio 60 y la memoria y el orgullo de Aaron Sorkin

por Carlos Abascal Peiró


La pipa del gran Paddy Chayesky.

Si bien fue en superficie, algo de todo esto quise anticipar aquí. El sexto episodio de aquella maravilla llamada Studio 60 -objeto de revisión, fetiche sorkiniano y efímero cometa hacia el firmamento de la Second Golden Age of TV- levantaba una entrañable reivindicación del oficio de guionista, o todo un capítulo en torno a la épica televisiva y su intrahistoria de suplencias, ingenio y, en fin, otros embates en la batalla por la golpeada legitimidad de un medio. Naturalmente, como suele suceder en estos casos, Sorkin nos habla a través de sus criaturas, del tejido orgánico de la subtrama y su estudiada contigüidad. O a través del plano-secuencia como pretexto, de la milimétrica puesta en escena y el barrido -casi térmico- de un espacio narrativo a cuya exploración, nos vale explotación, siempre consagró sus líneas.

Lo importante, vaya, es la memoria que aclara y dignifica el gurú neoyorquino, de la que se sabe (y se quiere) deudor. Y es decir, más allá de la fundación del modelo publicitario: la prehistoria de una televisión norteamericana que se hizo mayor en la antología dramática -las ficciones agrupadas bajo el abrigo de un sponsor- y el auge del talento del guionista como solución a los limites del directo. Fue la pantalla del vaudeville, del relato social más o menos subterráneo que impulsaron las television plays de Chayefsky, Reginald Rose o Rod Serling; de la alquimia del sketch según, cita Sorkin, Abbot y Costello. Un oasis de creatividad desecado mediante la saturación publicitaria, el magnetoscopio y -mudanza a Hollywood, por cierto- la puesta en práctica de rodajes multicámara. De otra manera, la fórmula de base del televisor generalista de hoy y ayer antes que hoy.

Con el talento y la mecánica del artesano, Aaron Sorkin, que navega entre dos aguas y desde luego mantiene sus taras y su (en ocasiones) excesiva transparencia, nos recordaba que antes de todo esto -de los cofres recopilatorios y la referencia a Balzac, la HBO y el bigote de Proust, del intelectual de dvd- hubo otra cosa. Quién sabe si mejor.

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