La Grande Bellezza (Paolo Sorrentino): Algunas citas

por Carlos Abascal Peiró


Figuran Proust y, a su lado, Céline y Flaubert y la voluntad de relatar y entender la nada, el desierto de lo real. Además, “La Grande Belleza” (2013) busca dotar a Roma de un corpus místico, de una serie de epígrafes e imágenes más o menos deudora de, vaya vaya, Fellini, Scola o las celebraciones excesivas de Ulrich Seidl. Y el jefe de todo esto, Paolo Sorrentino, configura con su cine un dominio de lo más ambiguo. Porque, está bien decirlo, pretende ser todo a la vez: acrobacia, discurso y trampa. Aquí, ahora, tras el radical y fallido ensayo de “This Must Be the Place” (2011), repite la virtuosa puesta en escena, el repertorio de cámara y la herencia de De Palma, Resnais. Y el tratamiento tampoco varía, es decir, reaparece lo grotesco, Goya, Rodari, la carne y sus contrapuntos: la putrefacción. He ahí la vocación del film y el sentido de la figura de Jep Gambardella (Toni Servillo), actor de lo malsano tras la pista del Marcello de Via Veneto, de Guido Anselmi y las ocho (y media) prorrogas de la creación. La herencia —prelados, muslos, poetas— asfixia.

El último número de los Cahiers galos, naturalmente dedicado al desfile de Cannes, carga contra la obra del napolitano en un ejercicio  tan insólito como incomprensible (que por cierto se renueva a propósito del trabajo de James Gray). Sirve de excusa la constante presencia de Sorrentino en los casilleros costeros que auspicia Thierry Frémaux, película tras película hacia una meca indiscutiblemente personal o —dice Vincent Malausa en las páginas que coordina Stéphane Delorme— un cine de la fealdad, de la laideur. A los ciné-fils se les escapa el talento de la mirada de Sorrentino y la voluntad que —tras el exceso, cómo sucedía en el último Garrone— subyace bajo “La Grande Bellezza”: un termómetro del estado de las cosas. Frente al agotamiento craneal del reciente Almódovar —divinizado por los mismos que derriban a Sorrentino— “La Grande Belleza” sí acierta en sus diagnósticos. Si el tedio, la noia, se revelan soluciones de supervivencia, lo bello ilumina y despliega la antesala de una muerte. Jep, cronometrando la mediocridad de sus comparsas y la suya propia, viene a desnudar otro derrumbe. Ese tan nuestro.

Anuncios