El (no) tan talentoso Bárcenas

por Carlos Abascal Peiró


La figura del tesorero #Bárcenas, un personaje a medio camino de esa tan nacional picaresca cervantina y la vulgaridad marbellil que esponsoriza Telecinco, recupera un mito literario fundamental para entender de qué va la cultura Aquí, en Occidente y sus periferias. El hombre de los números del PP dispuso, al parecer, toda una serie de coartadas cuyo derrumbe, tan estrepitoso como carente de consecuencias, desnuda un desdoblamiento, la sofisticada y vil doblez de un doppelgänger. El resto, ay, no es nuevo. Del Hyde de Stevenson al hombre de arena que ideó Hoffman, vadeando la literatura fantástica -dos acepciones- de Gautier y Maupassant, el recorrido del Doble y sus relatos da para mucho y el repertorio, claro, resulta inagotable. Como sus referentes, el contable de la derecha ibérica falsificó firmas, desafío caligrafías, pagarés, mientras parapetaba la artimaña bajo un espectral océano de nombres, sobres sin remite.

Pero el tipaje es más nuestro, es marca España. Y el problema, vaya, reside en la cutrez del personaje, que destierra la cultivada lucidez, una maldad enfriada, de ecos contemporáneos (y ficticios) como el Ripley de Highsmith, el Lupin de Leroux o el Draper de Mathew Weiner. Porque el doble, dice el catecismo, lucía formidablemente bien en las fiestas, envuelto en una opacidad hechizante, bien vestida, con lecturas. Bárcenas, al contrario, repele e integra así una muy casposa cruzada de ignorantes que, dotada de una molesta flexibilidad, vertebra la historia oficial de España. La otra, la no oficial, más bonita, parece esfumarse bajo una democracia de maleantes horteras, facciosos ineptos, matones de cabello aceitoso y cerebro apolillado. El imperio, siempre decadente, nunca dejó de ser así. Pedestre.

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