James Gandolfini (1961-2013)

por Carlos Abascal Peiró


James-Gandolfini-HBO

The character is a good fit. Obviously, I’m not a mobster, and there’s other aspects of the guy I’m not familiar with, like how comfortable he is with violence. But in most of the ways that count, I have to say, yeah — the guy is me.

Aunque también convenga echar un vistazo a esto y a esto otro, puede que lo mejor que se haya escrito a cuenta de la desaparición de Jim Gandolfini esté aquí. Y conviene un pase por acá o allá y, claro, el último recopilatorio de sello flavorwire y su consiguiente desmarque vía Vulture. Gandolfini, el hombre, vehiculó la épica de los Soprano y aquella celebración adiposa y tan memorable de la mafia ordinaria, la de verdad, de rosquillas y chandal. La justicia y el calibre del relato, esto no es nuevo, surgían de la densidad humana del casting, la potencia de sus tramas y su dosificado y flexible desarrollo. Pero dedicar más líneas a la brillantez general, el falso espejismo televisivo o la hipótesis de una televisión shakesperiana —y viceversa— está muy visto, muy leído, y le sale de carrerilla a cualquiera con una cuenta twitter y cierto sentido del autobombo.

Se trata, sobre todo, de despedir adecuadamente a todas esas camisas de bolera y manga ancha, al todoterreno blanco, el reloj protésico que escalaba la muñeca, o la mirada baja, el cuerpo inflado, aquella manera tan pilla de plegar los carrillos. El seísmo sentimental que sucede a la muerte de Tony no se parece a muchas cosas. Probablemente porque la relación que la ficción seriada establece entre personaje y espectador resulta infinitamente más profunda y agradecida que la dispuesta por otros soportes. Así que anteayer se fue el actor que, entre varios logros, se inventó a Tony Soprano pero también, y de la mano, una suerte de socio de todos nosotros, alguien que —más allá de Jersey— sí fichaba en la comedia humana de cada jornada. Es por eso, porque nos frecuentó puntualmente y durante tanto tiempo, que la muerte de James Gandolfini reúne a tantos comunes.

Ya se había ido pero aquí —la vista puesta en el parking— le guardaban una mesa. Todavía.

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