Frances Ha (Noah Baumbach, 2013): Summer in the City

por Carlos Abascal Peiró


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Lo qué haya visto o leído Noah Baumbach antes de co-escribir la levísima trama de “Frances Ha” —o, a grandes rasgos, el conjunto de su filmografía— es de agradecer. De invitarle a un par. Aunque no siempre le bastase para acertar (véase “Greenberg”, o mejor no); y aunque —por fortuna y por mucho que ayude— el muy apreciable hecho de lucir gusto y videoteca jamás sirva de pasaporte en este oficio de hacer películas que se ven dos veces. Buenas películas. Porque más allá de la justísima cima que marca “The Squid and the Whale”, el cine de Baumbach se ha ligado financiera y estéticamente al salingeriano universo de Wes Anderson, del cual amplifica alguna de sus peores patologías —la afección tumblr, un hueco esteticismo polaroid o el autismo como recurrente pretexto del dialoguista— subrayando, para bien ahora sí, una inquietud temática fundamental para entender la cultura estadounidense después de Holden Caufield: la adolescencia como perenne estado mental, excusa sentimental. Decíamos ayer.

De lo anterior, entre otras cosas, va “Frances Ha”. Greta Gerwig, un eslabón perdido entre Zoey Deschanel y Diane Keaton, encarna demasiado bien todo eso que sucede antes de que la vida programada sea menos vida y más, mucho más, programada. Escenario-personaje, a la imagen de ese estío parisino que agujerea el guion y aclara los tributos, NY funciona como eco de la Rive Gauche que asfaltaron Rivette y Truffaut, cuya presencia espiritual, sumada al poderoso remite a Carax, despeja la herencia cinéfila de Baumbach, aquí un Woody Allen con más de treinta veranos, doctorado en fenomenología y termo de Starbucks. Que sabe lo que se hace.

Es verdad, Baumbach ha conseguido desterrar la impostura made in american apparel y levanta así una cinta llamada a empapelar cuartos de becario, esa marquesina de todas las noches, para un relato que conjuga el estrafalario romanticismo de Gerwig con el fondo melancólico de una madurez que, más temprano que tarde, se cobra sus certezas. La decepción amorosa, la amistad renqueante que le une a su compañera de piso —ya enrolada en un futuro de skypes, niños con sobrepeso y jornadas de doce horas— se plantean no tanto como episodios de aprendizaje y desilusión, señales de aviso, sino como una desoladora serie de interrogantes. ¿Merece la pena ser mayor?

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