Norma Rae (Martin Ritt, 1979): Combatir la influencia

por Carlos Abascal Peiró


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Decía aquí Henry Giroux que Hollywood consiguió muy pocas veces introducir un relato feminista sin supeditarlo a una trama (amorosa) cuyos resortes, continuaba el crítico, no terminasen resultando sexistas. Es posible. Por eso, y porque es una buena película, “Norma Rae” (Martin Ritt, 1979) merece alguna línea de más y, sino varios, un rescate oficial. Porque -entre otras cosas- esta es una de esas veces. Deudor de una multitud de hechos reales, el guion que firman Irving Ravetch y Harriet Frank, Jr. orbita en torno a una humilde empleada de un monstruo textil en algún lugar entre las dos Carolinas -una comunidad obrera donde la presencia sindical se reduce a un roído tablón de corcho- y donde el delegado laboral Reuben Warshovsky (Ron Leibman), propulsado por la enérgica Norma (Sally Field), se propone levantar un comité de la Labor Union (el máximo órgano del sindicalismo USA). Y todo sin puzzle sentimental, sin aria masculina: no como antes.

Así las cosas, la historia reunía una suculenta serie de polos para desplegar nuevamente otra epopeya norteamericana de sacrificio y aprendizaje, romance y prole, familia y culto. Que lo es. Y sin embargo, el muy reaccionario esqueleto ideológico que inició Griffith y prolongaron los demás no encuentra aquí un redoble sólido, tampoco un eco. El talentoso Martin Ritt, condenado al no glamour que procura el compromiso crítico, elige filmar la amistad entre un hombre y una mujer, la dickensiana situación de la plantilla de la factoría, la durísima e inacabada batalla de los humildes. Lo hace desde un discurso documental, muy hábil, puntualmente cruzado por un romanticismo razonable que se cierne sobre la (quizá demasiado) optimista clausura. Tal vez sea ésta la particular génesis americana de Ritt -y probablemente la más reivindicable, por honesta. Atenta a los rostros, la lente mate de John A. Alonzo recoge el desguace prematuro de los cuerpos -ese plano terrible del padre de Norma, el tórax hundido en la vagoneta- bajo el ruido infernal de los telares, que separa las sombras de unos y otros, proscribe la palabra. Reuben y sobre todo Norma combaten por un espacio de silencio, primer embate, por ese silencio que precede y refugia las torpes asambleas, el recelo de las primeras miradas y la conciencia oxidada de los que hace tiempo perdieron la respuesta. Porque la opresión es ruidosa, una monofonía.

Si bien apadrinada por el sindicalista de Brooklyn -fan de Dylan Thomas, poeta de cuartilla y vector intelectual-, Norma se erige como una figura autónoma, profundamente norteamericana, según un trueque por el cual la mesiánica mansedumbre que licenció Jimmy Stewart cede paso a la resistencia de la febril Mabel de Gena Rowlands y el irremplazable Cassavetes. Por cierto que suena la gran Dolly Parton en lo que podría leerse como otro guiño al USA feminism -las honorables damas del country- o un, y por qué no, pasadizo hacia esa otra incognita: el modelo actual (¿Kristen Wiig? ¿Lena Dunham?), todavía tan y tan intermitente.

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