DFW, JLG, el tenis, los otros

por Carlos Abascal Peiró


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DFW

Uno. De los maridajes entre deporte y creación: qué y cuánto sabemos. No es falso que el chisposo Wodehouse le dedicó una desopilante serie de relatos al golf, que Updike y después DeLillo y algo más tarde el prometedor debut de Chad —en registros humanamente diferentes— encararon varias odas al baseball, y que, por su lado, el muy sentimental Nick Hornby consagró «Fever Pitch» a su Arsenal. Como Camus, que admitió que sabía lo que sabía gracias a la pelota —«Vraiment le peu de morale que je sais, je l’ai appris sur les terrains de football»—  mientras que Pasolini soñaba con el Bologna F.C. y la subversión poética del gol.  Antes, Sir Arthur Conan Doyle  se vanaglorió en su momento de de ser un hombre de competición y, rato después, el príncipe beat, Jack Kerouac, se licenció en Columbia por medio de una beca para jugar al fútbol (americano). Ya. Y sin embargo, el tenis.

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Jackie Kerouac a principios de los años 40

Dos. Entonces qué sucede con el empeño de Lenglen, René Lacoste o Björn Borg. John Colapinto presume de una breve pero muy insólita pieza en torno a tenis y literatura. Naturalmente, la acoge el New Yorker mediante una jugosa bitácora titulada The Sporting Scene y cuya meta pasa por diseccionar, con la consabida mezcla de erudición y destreza gacetillera —esas «religiones benévolas», despachaba Vázquez Montalbán cuando se le citaba deporte. Elogios al margen, Colapinto nos recuerda el militante fanatismo que la raqueta desató en Martin Amis my beautiful game— o la afición de Nabokov por la red, la de entomólogo en primer lugar —era un Dundee de las mariposas— y la otra, sellada por la liturgia del match point. Además, su artículo tiene el detalle de reproducir un inolvidable párrafo de Lolita sirviendo ante las muy atentas pupilas de Humber Humbert.

She would wait and relax for a bar or two of white-lined time before going into the act of serving, and often bounced the ball once or twice, or pawed the ground a little, always at ease, always rather vague about the score….The exquisite clarity of all her movements had its auditory counterpart in the pure ringing sound of her every stroke. The ball when it entered her aura of control became somehow whiter, its resilience somehow richer, and the instrument of precision she used upon it seemed inordinately prehensile and deliberate at the moment of clinging contact.

Pasolini

Pasolini

Tres. Y a Godard le gustaba el tenis. Por cierto que a Daney, figura legendaria en la épica cahierista y teórico heterodoxo y sumamente fértil, también. Godard, que durante una entrevista concedida a los  Cahiers afirmó que lo mejor que había visto en la última década eran unos cuartos de final de Roland Garros, juega y sobre todo continúa viendo mucho tenis. Freud tuvo lo suyo e incluso atribuyó al tenis un carácter terapéutico al tiempo que ligaba el emparejamiento tenístico al—¡sorpresa!— conflicto sexual. Se sabe, por último, que Nietzsche anotó algún set. Por su parte, y rendido a la bandana tras el rastro de un hipotético tenista grunge, el irremplazable David Foster Wallace gastó sobre una pista la mayor parte del tiempo que no consagraba a la lectura y su reverso escrito. Al parecer— y esto es más cosa de su biógrafo— DFW era mejor contándolo que vestido de corto, pero qué puede reprochársele a un genio cuando, sea donde fuere, despliega el don de la ficción. El caso, porque hay caso, es que se imponen dos conclusiones: los tipos sedentarios aman paradójicamente el tenis y, en un segundo tiempo, debe existir una compleja conexión entre este deporte y cierta intelectualidad habitualmente ubicada en la opacidad, el minorismo cultural y la densidad narrativa. Tampoco sabemos si Pynchon, Wittgenstein o Althusser sufrieron o sufren de lo mismo. Perdón, me retracto en el último nombre.

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Proust, en efecto.

Cuatro. Si el tenis -como la literatura, puntúa Colapinto- es una actividad individual, un muy estratégico ejercicio de precisión cuya importancia rebasa el pobre dominio del término game, el cine -práctica colectiva- también ha dedicado alguna reflexión a la raqueta. Pero más allá de Vittorio de Sica y su adaptación de «El jardín de los Finzi-Continis» (1971), de la inteligente «The Squid and the Whale», y aún más lejos del fascinante final de «Blow Up» (1996) o las sesiones amorosas en «Annie Hall», destaca la lectura crítica que Godard deja entrever y vagamente desarrolla en su hermético  «Autoretrato de diciembre» (1995). El tenis, pasatiempo del autor, sirve no ya de testigo temporal —el anciano que reincide en un juego de infancia— sino que adopta la forma metafórica del diálogo que, de un modo u otro, termina por construir la obra de creación, la vida y el pensamiento —parece confesarnos. En el curso de una conversación mantenida con redactores de L’Équipe a principios de los años 90′, Godard atribuía al deportista una cierta capacidad narrativa, creativa. Construir el relato a través de los acontecimientos —la victoria o la derrota— en un gesto, subraya repetidamente el francés, que tiene mucho de verdad. Porque en el deporte, casi siempre, apenas hay espacio para el embuste, y la contemplación del esfuerzo físico —de la fatiga y el desmoronamiento, continuaba Godard— son sólo el registro de una acción real y, por tanto, en algún sentido remoto, honesta.


Apenas diez años después, el difunto novelista y polígrafo David Foster Wallace publicó en The New York Times su ya célebre texto «Federer as Religious Experience». Si bien la obsesión por la raqueta levitaba sobre el grueso de la producción de Wallace —al fin y al cabo «La broma infinita» orbita en torno a la comunidad de una prestigiosa academia— el texto editado en la cabecera neoyorquina revela la enérgica pasión que el autor del Medio Oeste sentía por el tenis y su santoral, sublimados en la tan hechizante figura de Roger Federer, una suerte de mesías níveo cuyo arte —pormenorizaba DFW— deriva inevitablemente en mística. En vano, puesto que Godard rehuye efusivamente las entrevistas, cabe preguntarse si el indisciplinado creador galo llegó a tener noticia del artículo, si lo leyó emocionado o si por el contrario, envuelto en un albornoz parduzco y bajo la otoñal neblina de Lausanne, lo abandonó descreído y retomó otra lectura.

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