The Big Chill (Lawrence Kasdan, 1983): Aquel reencuentro

por Carlos Abascal Peiró


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Hace tiempo, allá por 2009, Radio3  le dedicaba una cuidada entrega a través de Videodrome, gloriosa emisión de Gregorio Parra. Anteayer, con motivo del festival de Toronto, nos recordaron que se cuentan 30 años desde su estreno. “The Big Chill” (Lawrence Kasdan, 1983) –Reencuentro, acordó la distribución española- era y es una película terriblemente vital, pese a que la trama se desencadene a partir del suicidio de Alex y la consiguiente reunión de sus amigos de college en torno al féretro -a otros canapés- y aunque sus personajes transiten una treintena tan aparentemente exitosa como sellada por el desilusionante  virus de la nostalgia, el fantasma de un suicidio, éste sí, más alegórico que efectivo. Porque algo no debió salir tan bien. O porque el ayer luce mejor que estos presentes.

En efecto, la narrativa y el cine estadounidenses tienen en el recurso generacional, su puesta en escena y posterior revisión, todo un género doméstico que dice mucho de la memoria colectiva de una nación demasiado consciente de sus anuarios, relativamente jóvenes. El molde aquí y en todas partes es esa maravillosa estación felliniana de “I Vitelloni” (1953) que en “Return of the Secaucus Seven” (John Sayles, 1979), “Diner” (Barry Levinson, 1982) o “Beautiful Girls” (Ted Demme, 1996) encontraría otras interpretaciones USA. De tono amable, puntualmente cargado de afección, “The Big Chill” nunca quiso convertirse en un clásico si bien, en muchos aspectos, resulte un artefacto cultural perfecto. Película ‘de amigos’ hacia ese inagotable filón cuya química reactivan hoy Apatow o ciertos jacuzzis con vocación de lanzadera temporal, la cinta retrataba un grupo de thirtysomethings que -la vista puesta en los sesenta y sus promesas- consensua la incoherencia de un trayecto personal que una vez lució prometedor. Nada nuevo. Pero Jeff Goldblum y sus ligues frustrados, o el grandote William Hurt. Pero Kevin Cline. Y la secuencia de apertura, el You Can’t Always Get What You Want. Glenn Close. Los vaqueros altos. Y un fondo permanente de sonidos Motown. Y si es verdad eso -que debería- de que las grandes películas deben incluir una comilona y/o una escena de baile, ésta que aquí se inventó Kasdan logra desterrar todos los fantasmas gastroeróticos del más ávido de los Carpantas.

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