The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2013): Imágenes del malestar

por Carlos Abascal Peiró


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Entre otras cosas, el documental como discurso y forma fílmica existe para recordarnos que, muy a menudo, en un relato importa no tanto el qué se narra sino quién y cómo lo hace. En «The Act of Killing» (Joshua Oppenheimer, 2013) un anciano torturador merodea las vitrinas de un mall convencido de lo erróneo que resulta mostrar la verdad de una matanza, menos por su efecto penal —largamente prescrito— y más por su nefasta repercusión política, esto es, la de un estrepitoso naufragio de imagen. «The Act of Killing» surge del talentoso vivero de Arte, de la parcial (y entusiasta) coproducción de Herzog,  para imponerse el loable objetivo de desacreditar la historia y desproveerla así de esa reaccionaria noción de legitimidad que la protege, o las texturas de una verdad casi irrebatible. Cruzados por el fantasma de la culpabilidad, los cuerpos esquivos que filmaba Lanzmann en «Shoah» (1985) y sus universos se invierten aquí para, bajo la luz del esperpento, exhibirse ante la lente de Oppenheimer en una puesta en escena del oficio de matarife.

Como los grandes cineastas, el texano resuelve menos preguntas  de las que plantea en un admirable ejercicio de observación participante durante el cual, flirteando con cierta toxicidad (la escena de extorsión, la ausencia de intervención), uno no puede evitar interrogarse por la no presencia de las víctimas, dramatizadas, o por las fronteras de una autoría puesta a merced de los verdugos. Tras el golpe de estado de 1965, Indonesia se convirtió en un open space de la caza al disidente cuya sanguinolenta eficacia dejaría cerca de un millón de cadáveres. Lejos de una operación cauterizadora, o de una simple liturgia restitutoria, la Yakarta oficial continúa loando el matonismo,  siempre vinculado al poder y dotado de una insólita potestad ejecutiva. Hoy los escuadrones de la muerte, formados por maleantes y chulos que se soñaban Brando, son todavía héroes que entre codazos comparten y retuercen la memoria de un crimen. Oppenheimer empeña nueve años junto a los asesinos, ya encanecidos y provistos de la humanidad redoblada que el tiempo procura al que ha vivido, y termina por enrolarles en un rodaje, una suerte de reconstrucción malsana y espectral de lo atroz donde el noir, el cabaret o la farsa kitsch se combinan para —acierta uno de los matones— atrapar al público .

Y aquí emerge la repulsa, el malestar y, en fin, la recuperación de un rol fundamental de la imagen que convierte el documental en una obra mayor. Cuestionarse a sí misma y —por encima de todo— a esos que, en la negrura, sólo miran.

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