La Vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013): Hay vidas después de Adèle

por Carlos Abascal Peiró


1. Es complicado detestar «La Vie d’Adèle»; tampoco sería justo calificarla de obra maestra. Pertenece a un espacio impreciso que  Cassavetes, Pialat o Fuller, por ejemplo, dominaban a través de múltiples variantes: un cine de la intensidad, del vértigo, del instante no necesariamente encontrado pero siempre perturbador, hermoso. «La Vie d’Adèle» logra instalarse en esa ingeniería del momento, tan inducida, tramposa, como emocionante, ligada a una verdad paradójica que da sentido al cine en tanto que, entre otras cosas, arte de la representación, de la mímesis que dice no ser mímesis porque se reivindica no ya diferente, sino superior a la fuente real.

2. Cassavetes. El amigo y cinéfilo Gabriel Doménech pronunciaba su nombre durante la proyección. Los espagueti. El primer plano, gramático y al tiempo emocional. Dos mujeres bajo la influencia.  ¿Pero qué influencia? «La Vie d’Adèle» duda en ocasiones, vuelve sobre sí misma y no siempre con acierto -el monólogo en torno al orgasmo, ciertos planos de Adèle cuya receta es demasiado sintética-, manejando con descaro un tiempo vago, irrelevante, donde incrustar una historia tan común pero que -maravilla- adquiere trazas de primera vez sobre la pantalla. Cassavetiana.

3. De una polémica. Como toda película-evento, el film de Kechiche levanta en torno suyo un torbellino de impresiones, de ataques y declaraciones de amor. Es cierto que hay una mirada masculina sobre el sexo entre dos mujeres, que la cámara persigue las nalgas de su Adèle y se detiene en la carne, la forma, y subraya la humedad de sus periferias en todas las posibilidades de la secreción. También es cierto que esa es la mirada de Kechiche -autor de un estudio en torno al cuerpo de la mujer como objeto, «La Venus Noire» (2009)- y que, al igual que no es necesario ser familia de Henry Morgan para filmar un buque corsario, un heterosexual debería ser capaz (y libre) de filmar la exploración del placer a cargo de dos lesbianas. Estas lesbianas podrían haber sido menos atractivas, quieren decir -aunque no digan- algunas voces. Y efectivamente, podrían haber sido.

4. Otra buena noticia: Francia no sólo ha encontrado a Marine Vacth, una prolongación de la feminidad según Deneuve, sino que, de pronto, tropieza con Adèle Exarchopoulos, una presencia arrolladora en algún lugar entre Moreau y la recién desaparecida Bernardette Lafont. La magnética Seydoux es una star, un índice serigrafiado a través de multitud de tiradas. Adèle correrá la misma suerte pero Kechiche ha sabido adivinar/embalsamar un ícono cuando todavía guardaba cierta pureza, algo virgen.

5. Ante la duda, salven al reo. Kechiche es el reo y su obra el crimen. La dudosa validez moral del trabajo de actores de Hitchcock, Herzog o Polanski no condenó a su cine como tampoco debería emplearse para derribar la película de Kechiche. Los textos dejan de pertenecernos cuando los compartimos. «La Vie d’Adèle» corre a cuenta del autor tunecino y no de Julie Maroh, la autora del cómic que adapta el film, y así sucesivamente puesto que al exhibirse éste se despega del director para entregarse a sus detractores. A sus defensores. Qué sano, qué bonito es el cine cuando se prolonga en el debate, cuando no termina en la oscuridad de la butaca. Cuando es cine. Solamente por este motivo, «La Vie d’Adèle» bien vale una defensa.

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