El mundo en sus manos (Raoul Walsh, 1952): Capitanes tan intrépidos

por Carlos Abascal Peiró


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En el paisaje de la televisión ibérica de los 90′ y primeros 00′, el correoso concepto de cine familiar alimentaba dos propuestas poderosamente distintas. De un lado, las privadas acuñaron una sobremesa que, en el mejor de los casos y bajo rúbrica Disney, se apoyaba en la gestualidad clínica de Robin Williams, en los amables y muy insoportables trastornos del rubio Macaulay Culkin y -teman con razón- esa factura VHS que se rodaba en Toronto pero cuyos guiones -¿guiones?- iluminaban una compulsiva colección de fichas de diagnóstico, maltratos domésticos. En la otra banda, la pública y sus dos canales repasaban su catálogo clásico según un combo que, más allá de los placeres del Western, instalaba en los hogares del Imperio una porción de peplum y esta gozosa variedad del Adventures que dimos en llamar, por mucho que los bucaneros no fichasen tan a menudo, cine de piratas.

La conocimos como El mundo en sus manos (The World in his Arms, Raoul Walsh, 1952) y nunca dejó de funcionar como una ajustada lección de cómo filmar cine de aventuras. Walsh rodó para la Universal una respuesta a su propia maravilla que -mismo paisaje, mismo casting- la Warner había lanzado hacía un año: El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower, Raoul Walsh, 1951). Gregory Peck repetía y de nuevo alzaba la ceja reiteradamente  mientras presumía de bronceado y presencia en la curtida y preciada piel de Jonathan Sark, the Boston Man, un truhán tan encantador como temible que -y lo que nos alegrábamos- enamoraba a una fabulosa condesa báltica que vino a ser una bellísima Ann Blyth. Y naturalmente los había malos, el pillo e inmenso y tan querible Anthony Quinn, y los había malísimos, una nutrida camada de rusos con su particular idea del matrimonio.

El resto fueron generosas raciones de grog, viento de proa y una inolvidable -mástil y abordaje- persecución naval. O un divertidísimo timonel esquimal con cierto recelo por la higiene. O mar salada, goletas corsarias, jaranas portuarias y una batida de caza en busca del pellejo de todas aquellas focas de Alaska -secuencia de canturreo ecológico incluida. Y  todo, claro, sin magulladuras, tras ese delicioso softcore donde los golpes son trámites y el santoral de Conrad, Salgari, Sabatini o Stevenson sonríe victorioso sobre el mugriento puente de aquellos navíos sin rey ni patria ni ley. Que habíamos echado tanto de menos. En fin.

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