País de subastas: El tesoro de Villepin

por Carlos Abascal Peiró


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La métrica de la mediocridad de uno mismo reside casi siempre en los otros. Como resultaba lógico, España fue más pero se supo menos cuando integró el club europeo. Es fácil, ese drama tan escolar de cotejarse y ser humillado en la carrera comparativa, todo un aviso para entender cómo sobrevivir después de las aulas —porque sobrevivirán las propias aulas, ¿no? Ah, la digresión. Y aunque este texto y sus escribas sean partidarios de reanimar el noventayochismo o, en su defecto, de un nuevo octubre rojo y no precisamente un submarino, tampoco pretende remar otras cuantas yardas (más) hacia ese eufemismo tan sólido de la marca Iberia: el pesimismo. Está muy leído y la competencia, además de justamente pródiga, es imbatible.

El caso es que el que fuera Ministro de Asuntos Exteriores del muy gaullista y tan francés Jacques ChiracDominique de Villepin, de tallo alargado y gesto aristócrata —un playboy al servicio del Estado, la derecha leída— subasta una valiosísima colección de textos en cuya cuartilla de honor flashean firmas como la de CélineLorcaMussoliniSartre o Malraux. La venta del tesoro tendrá lugar el próximo jueves 28 de noviembre bajo la sombra de la generosa figura de Pierre Bergé, primero amante y después —en este riguroso orden— albacea de Yves Saint Laurent. Por cierto que el álbum arranca con una perseguídisima primera edición de Tintín (corría 1930 y el linotipista apenas selló 1000 ejemplares) puesto que, confiesa el político francés, es justo rendir tributo a todas esas lecturas de infancia que, desde la impresa humildad del papel, nos enseñaron a «dialogar con el mundo». Ahí es nada.

Ya de un tebeo distinto, eso sí, procede “Quai d’Orsay”, lo más reciente del algo demodé Bertrand Tavernier, que parte de Villepin para satirizar  la elite política francesa, enclaustrada en la maison de su batallón diplomático, margen izquierdo del Sena: allí donde el ex-ministro reinó y pudo reinar. Benoît Fargeot, una suerte de comisario del output a subasta, asegura que el conjunto “se parece” al que muy pronto dejará de ser su dueño. Naturalmente es verdad, y también complace que la biblioteca de uno termine imitándole, por mucho que muy frecuentemente convenga la fórmula inversa. Obviando el dorsal ideológico, es doloroso constatar el nivel de una clase política distinta de esta nuestra y tan local, donde el hecho de que un alto podio exhiba músculo intelectual sólo es marciano. Las comparaciones conducen, otra vez, a más desasosiego. Aquí se subastan hospitales y maestros, y las lecturas de los ponentes —especulamos— parecen no empezar y sí terminar en el genio de Tintín. Y eso siendo optimistas. Que ya va siendo hora.

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