El desconocido del lago (L’Inconnu du lac, Alain Guiraudie): Cine e incertidumbre

por Carlos Abascal Peiró


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Alain Guiraudie es un buen tipo. O tiene toda la pinta. Dedica los días —y las noches más que los días— a ver fútbol, a la drague, el pastís. A las ideas. Guiraudie presume de carnet comunista pero no ejerce —«voté a Chirac y no lo lamento»—  como tampoco se considera un homosexual militante. Se crió en el Midi francés, el verano más largo, y hay cierta laxitud mediterránea en su discurso, una lentitud poco frecuente, la ciencia de avanzar sí, pero despacio. “L’Inconnu du lac” (“El desconocido del lago”) es su última película y tal vez la obra más importante de 2013. Y el rango es absurdo naturalmente, apenas razonado en la querencia jerarquizante de la crítica express —este site por ejemplo— y su lectura de la lista como modo de seducir lectores, cuando no encontrarlos. Y en fin.

En un plano fijo, la cámara regresa una y otra vez a un parking silvestre, un claro a una veintena de metros de un lago en algún lugar del sur de Francia. Es verano: en la orilla, un puñado de hombres. Nadan, conversan sobre el fango de la playa, hacen el amor entre la maleza y regresan de nuevo al agua. Configurado según la mítica de esa isla desierta y tan remota que sacudía la prosa marina de Conrad o Stevenson, la película nunca abandonará este espacio para un huis clos particular. Tampoco lo hace Franck, habitual del lugar y enamorado del opaco Michel, o Henri, personaje maravilloso digno de ese otro firmamento que levantaron los secundarios. Los tres construyen un triángulo amoroso que se alimenta en lo carnal de la relación que une a Franck y Michel, pero también a través de esa modalidad de amor cortés, sustentado en las palabras, que nace entre el primero y Henri. Éste es otro inconnu, un extraño que rehúsa a desvestirse en un paisaje de tipos desnudos, tal vez porque su fisonomía le apartó hace tiempo de las transparencias, tal vez porque su vaga sexualidad le proscribe a ojos de la comunidad del lago. Buen conversador, testigo y casi cronista, Henri propulsa el tono caricaturesco del film, la razonada distancia de sus diálogos, las delicadas irrupciones de ese voyeur que, ante el rutinario fastidio de las parejas, pide permiso para masturbarse.

El lago asume la función de punto de fuga y la película de Guiraudie opera como un amplísimo fuera de campo, el reverso del relato oficial, del que no tenemos apenas noticias y mucho menos una imagen. Siempre a través del diálogo,  sabremos que el sentimental Franck vendía fruta y ahora está en paro, que Henri despega de un matrimonio demolido y que precisamente Michel, cazador y hedonista pendenciero, carece de punto de partida, resulta un completo desconocido, un inconnu. Su relación converge hacia un terreno impreciso en el que se sucede la vida, el amor y finalmente la muerte. De moldes clásicos, el thriller a modo de desembocadura del curso que marca una narración limpísima, sensual y cuya carga rebasa los contornos del film de género y la queer movie para desplegarse ágilmente hacia una voluntad mucho más ambiciosa: reformular el planeta cine y la oscuridad de sus articulaciones. La maison cinéma, acertaba Daney.

Posiblemente sea interesante recuperar la idea del cine como territorio por explorar, desconocido. En algún sentido, esa es o debería ser la promesa fundamental de la ficción: revelar misterios, que no resolverlos. Como todos los interrogantes que encierra el lago, reducidos al beckettiano y monstruoso siluro que —según Henri y ante la negativa de Franck— duerme bajo sus aguas.

Al cine le convienen siluros. Espacios de incertidumbre y, muy a menudo, descubrimiento.

 

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