Mística holmesiana: Regresar a Sherlock (BBC, 2010-)

por Carlos Abascal Peiró


SHERLOCK

«Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan», dicen que dijo Borges. Incluso Conan Doyle, que al cabo de cierto momento hubiese preferido dejar de tratar a su criatura, se vio forzado a no despegarse del sabueso más célebre a este lado del marcapáginas. La culpa fue menos de los fans, al parecer, y más de la propia madre del autor, dueña de una de las casi 20.000 suscripciones que perdió The Strand cuando los relatos de Sir Arthur dejaron de publicarse. Porque Holmes, sabemos, siempre regresa. Y lo cierto es que, ¡BAM!, de un tiempo a esta parte resulta inevitable pensar en aquel tipo alargado de Baker Street junto al prudente John Watson, y más bien de pronto en pronto si anotamos que —cortesía de un magistrado de Illinois— ya han vencido los derechos de la obra en USA, u otro espaldarazo al rejuvenecimiento de un mito que jamás se apolilla. Todo muy confortable. Por cierto que Conan Doyle fue muchas cosas, incluido un espiritista fraudulento, y se le debe mucho, o al menos el que aquí escribe. No sólo facturó la santísima épica Holmes, sino que su fecunda pluma también patentaría las delirantes hazañas del brigadier Etienne Gerard, un Flashman algo más casto y menos canalla, todo un referente de conducta. Pero éste, además de un tótem pagano cuya fe suscribo, es y será otra historia. Otro post.

Si convenimos, porque convenimos, que el detective del violín y la pipa constituye uno de los mayores placeres a los que un homínido puede entregarse, el Sherlock de Steven Moffat y Mark Gatiss es —y sigue siendo— una buenísima noticia. Desde hace un rato.  La serie de la BBC estrena su tercera temporada en lo que debe leerse como una muy inteligente actualización del mito, capaz de instalarlo en un paisaje de tweets y blogging sin perturbar el ánimo templario del lector tradicional, y preservando cierto regusto victoriano junto a la derrisión y el enjuague metaficcional: el poso british del adusto Mycroft (interpretado por el propio Gatiss), el aire gótico de Dartmoor o la incredulidad en gabardina de Scotland Yard y el siempre paciente inspector Lestrade. Entretanto, Watson (Martin Freeman) sigue siendo ese hombre bueno que recordábamos —casta privilegiada en un club de Sanchos que lideran el Horacio de Hamlet, el Viernes de Robinson o el Huck que desató las tropelías de Tom— mientras que Cumberbatch compone un Holmes irreprochable: atención a la dicción vertiginosa a cada exhibición de músculo deductivo.

Así que sobran guiños al holmesianismo ilustrado, una militancia tan transversal como gratificante que impulsa la irrupción de la inevitable deerstalker —el sombrero de mística tweed y tradición cazadora que las ilustraciones de Sidney Paget adjudicaron al primer Holmes— o, entre otros motivos, el cachondeo prolongado con —arqueen el ceño— una supuesta relación íntima entre Watson y su colega. Y un dato fundamental, glorioso: Gatiss confiesa que si hay una peli que le hizo diferente esa fue “La vida privada de Sherlock Holmes” (1970), una de las tantas razones para sobrevivir que Izzy Diamond y Billy Wilder le anexaron al arte del diálogo. También una cima sentimental de este blog. Además.

De modo que, somos conscientes, sólo alguien mostraría más entusiasmo por todo esto: James Moriarty, Napoleón del crimen y némesis de Holmes. Y hagan sus apuestas: allí estaremos para comprobarlo.

Benedict Cumberbatch and Martin Freeman as Sherlock Holmes and John Watson in BBC Sherlock Season 1 Episode 3 The Great Game

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