A propósito de Llewyn Davis (Joel & Ethan Coen, 2013): La senda de un gato

por Carlos Abascal Peiró


La última película de los Coen condensa en la anaranjada silueta de un felino, a veces esquivo y otras sólo renqueante, toda la grandeza de su particular modo de entender el cine. “A propósito de Llewyn Davis” resulta seguramente un logro mayor en una filmografía que, es de justicia, invita al consenso. Pero es cierto que aquí, tras los merodeos del tarambana Llewyn (Oscar Isaac), el relato urdido por Joel y Ethan incorpora una apatía ajena a la pantalla de mayorías que a cierta crítica le sirve y le servirá para etiquetar el film de menor. Un amigo aseguraba tras la proyección que los Coen dejan de ser los Coen si no hay pistolas. Llewyn Davis, es verdad, no maneja ningún arma y en el baile del cuerpo a cuerpo sólo recibe. Es un perdedor, alguien no necesariamente simpático, un músico de ligas secundarias cuyo compañero decidió matarse hace tiempo por algún motivo. Desde entonces, Llewyn —que fue marino mercante y que, como el Ned Merrill que encadenaba piscinas hacia la destrucción, sobrevive a su particular peregrinaje: sofás, techos de una noche— tiene pocas razones para plantar raíces, actúa en solitario.

Así que más allá de la gesta looser, del cronograma folkie y los crujientes acordes de las acústicas, la película propone de nuevo un elogio del camino, de aquel que despejaba el horizonte de “Valor de Ley” (2010), “O Brother! (2000)” y, en último término, la Odisea. A este respecto, es interesante recuperar la propuesta de la no tan distante “The Master” (Paul Thomas Anderson, 2013), también empeñada en cubrir la errática trayectoria de otro outsider —algo más desquiciado aunque indudablemente creativo— para ofrecernos una pista común: ese tan inquieto zeitgeist estadounidense ideado en torno a la huida hacia adelante, ya sea a lomos de un purasangre, un convoy ferroviario o una razia de drones. Y he ahí el conflicto de los Ulises: no saben permanecer al margen y sobre todo, estimada Penélope (Carey Mullingan), no saben permanecer. A secas. Porque sí, el gato se llama Ulysess y Llewyn y Ulysses son más o menos lo mismo, comparten ruta y tragedias en un hilo narrativo que, sabedor de su altura, desprecia la desviación convencional para, a cada dentellada del fantástico diálogo, reivindicar un modo propio de enredarse: el abandono sucesivo, la secuencia del atropello. Luces en una autopista.

Y por cierto. El gato, antes de convertirse en un Babieca del hipsterismo ilustrado y la modernidad tumblr, le debe una a G.A. Smith, pionero del cinematógrafo que —apenas seis años después de aquella famosa usine— rodaría “The Sick Kitten” (1901), una profética carga de dinamita emocional. El resto, no están todos los que son pero sí son todos los que están, maúlla por aquí abajo.

Sans Soleil (Chris Marker, 1983)

Sans Soleil (Chris Marker, 1983)

Chat écoutant la musique(Chris Marker, 1990)

Chat écoutant la musique (Chris Marker, 1990)

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Breakfast at Tiffany’s (Blake Edwards, 1961)

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La dolce vita ( Federico Fellini,1960)

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La Noche americana (François Truffaut, 1973)

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La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938)

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Fritz the Cat (Ralph Bakshi, 1972)

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Meet the Parents (Jay Roach, 2000)

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Thunderball (Terence Young, 1965)

The Incredible Shrinking Man (El increible hombre menguante, Jack Arnold, 1957)

The Incredible Shrinking Man (El increible hombre menguante, Jack Arnold, 1957)

Le Chat (Pierre Granier Deferre, 1971)

Le Chat (Pierre Granier Deferre, 1971)

Alicia en el país de las maravillas (1951)

Alicia en el país de las maravillas (1951)

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