Le Doulos (Jean-Pierre Melville, 1962): Melville, el hombre

por Carlos Abascal Peiró


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A finales de los años 50 y en el curso de la década por venir, un buen pedazo de la redacción de los entonces amarillos Cahiers du Cinéma tomaría la cámara a modo de aquella famosa pluma -acuñaba Astruc– que durante cierto tiempo, y al paternal abrigo de Bazin, había transformado el sentido crítico y oficialmente, en los epígrafes, inventado la cinefilia. En paralelo, el cine francés, que ya era cine y también francés antes de la Nueva Ola, continuó facturando  al calor del  realismo poético y su avanzada prole (CarnéDuvivier, el gran Becker), en la primera herencia del llamado Groupe des Trente (VardaResnaisMarker) o tras el algo olvidado talento de samouraïs como el tan y tan reivindicable e insólito Jean-Pierre Melville. Porque el cine, antes de ChabrolRivette o Truffaut, perteneció a Melville.

Le Doulos” (Jean-Pierre Melville, 1962), pretexto de hoy, ofrece una obra maestra de su autor. Y otro retrato, tras la cult «Bob le Flambeur» (1955), hacia el paisaje del hampa parisina. Cuando la pègre, esa otra armada de las sombras, vagabundeaba a través de las tascas y clubs de Pigalle, a bordo de ajados Citroen y del brazo de todas aquellas mujeres de libertad y jamás un sólo hombre. El relato, naturalmente, abunda en ajustes de cuentas, canallas, soplos y la promesa trágica del género. Cosido a partir del amor al noir americano, a Lerroy, Wellman, bajo una fotografía expresionista, de tragaluces y sombras, «Le Doulos» refunda el arte urbano y siempre aguado de Melville y la finitud de sus héroes -habría que preguntar al existencialismo de Saint Germain. Bajo los techos de Paname, Belmondo, Reggiani, el inolvidable Jean Dessailly y un estupendo cameo de la (entonces tierna) leyenda Piccoli componían, por su lado, un reparto impecable, un polar modélico y una moral acerada.

Pese a ubicarse en sus antípodas ideológicas, Godard, que admiraba al tipo, a Melville el hombre, le propuso una aparición en esa nebulosa pop que hoy es «A Bout de Souffle» (1960). Melville, que se gustaba a sí mismo, pronunció una serie de bravuconadas. La mayor parte, más allá de ciertamente honestas, resultaron ser verdad.

El propio Melville en una de sus primeras obras.

El propio Melville en una de sus primeras obras. “Deux hommes dans Manhattan” (Dos hombres en Manhattan, 1959).

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