Ser, saber y Nicolas Philibert: Educación y cine

por Carlos Abascal Peiró


Être et avoir (Nicolas Philibert, 2002): Cuánto pinta la escuela en esto del cine.

Être et avoir (Nicolas Philibert, 2002): Cuánto pinta la escuela en esto del cine.

El aula y sus contornos constituyen un espacio recurrente en la geografía del cine francés. El aula, bien mirado, nunca dejó de resultar un debate importante, en el hexagone. La culpa, según parece, podría adjudicársele al hirsuto Carlomagno, patrón de la Galia después de las legiones, guía romántico del sueño europeo y, si la leyenda conserva algo de sustancia, gran precursor del cole. Y el temario, respiren, da para rato. El caso es que la ocurrencia carolingia habría tenido diversos prólogos en la muy solar figura de Luis XIV —que institucionalizó los institutos parroquiales— y acabaría por madurar tras la Revolución y las reformas legislativas del jacobino Charlier en 1793: emergía la educación obligatoria, laica y gratuita. Luego Bonaparte, que no las tenía todas consigo, devolvería la cruz a las tarimas y, sólo en 1882 y mediante la llamada Ley Ferry, terminaría por consolidarse un modelo público que hoy —en la embestida, y más acá que allá— conviene defender.

Y lo cierto es que ha pasado el tiempo desde Carlomagno. La escuela ha sorteado baches, ha compartido cambios y, lo que es más notable, supo incorporarlos. En Francia. Lentamente, el proyector y las sesiones de filmoteca se convertían en un epígrafe ministerial (y una fiesta colegial) —porque seguimos hablando de Francia— mientras que Aquí, a través del famoso Decreto del Patronato de Misiones Pedagógicas, sólo el primer bienio de la Segunda República concedería cierto valor pedagógico a la linterna mágica. Y recapitulemos, qué pasó. Pues pasó que, cubierta la línea pirenaica, quince fonemas al norte, alguien inventó la escuela moderna y —algunas lecciones más tarde: por favorabandonen ordenadamente la fábricaalguien inventó el cinematógrafoEllo debió condensar cierta responsabilidad histórica, una muesca en el genoma del cine galo que, suponemos, razona ese particular subgénero oficialmente inaugurado por la tierna “Zéro de conduite” (Jean Vigo, 1933) y que ganaría cuerpo en “L’Enfant sauvage” (François Truffaut, 1970) para multiplicarse muchas películas después: contemos con “Ça commence aujord’hui” (Bertrand Tavernier, 1999), “La Belle personne” (Christophe Honoré, 2008), la descacharrante y tan apatow “Les Beaux Gosses” (Riad Sattouf, 2009) o ese recurso docente, “Entre les Murs” (Laurent Cantet, 2008). Mejor o peor pero ahí queda. Ser y saber.

Es o son cines de la educación, otro apéndice ilustrado que ilumina una no tan larga amistad entre pupitres y butacas y que, en lo que respecta a este escriba, jamás superará el formidable paso que marca “Être et avoir” (Nicolas Philibert, 2002). La observación limpia, crítica, una cámara justa que recoge el tiempo y nada más hacia una conmoción muda. “Ser y tener” es una película documental, la crónica de una de esas clases únicas —de altos, bajos, de pequeños, más pequeños— en un valle remoto de la Francia rural, de cualquier lado. La misma cámara anota cómo alguien, mientras las estaciones se encadenan tras la ventana de una escuela comunal, se dedica a enseñar. Georges López, el maestro, repasa las reglas básicas, dirige los dictados, abre la escucha y dispara el diálogo. Sería ingenuo tratar de resumir la densísima marea de reflexiones que algutina “Être et avoir”, su estudio de la determinación social y el lúcido retrato del aula como un trampolín de posibilidades. O el tan necesario elogio del maestro. Porque en la mirada boqueante de los alumnos, al fin y al cabo, se adivina el oficio más digno del mundo. No emocionarse tal vez sea un síntoma de musgo cerebral.

Entonces esto despierta envidia. No tanto el maestro, que también, y tampoco sus alumnos o las muy habitables paredes del centro, sino el hecho de que existan cines-países-planetas que sientan la necesidad regular de recordarse a sí mismos porque son lo que son. El cine es de las fábricas, de los trenes y las cosas. También de las personas. Y las personas, aunque le duela a unos cuantos, todavía se hacen en la escuela.

Tímidos y paradójicos intentos de enmendar algunas cosas: Aquí.

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