First Cousin Once Removed (Alan Berliner): Variaciones Berliner

por Carlos Abascal Peiró


Edwin Honig (First Cousin Once Removed)

Edwin Honig (First Cousin Once Removed)

Michel de Montaigne se rebeló contra aquello del ruido mundanal. Podía permitírselo, pues era un tipo de posibles y apellidos, el rastro de una burguesía de suerte nobiliaria y espíritu buhonero. De modo que emprendió la retirada de forma calculada y, desde su chateau particular, negoció consigo mismo, con el mundo, y siempre por escrito. Así anunciaba: «Je suis moi-même la matière de mon livre» (Soy yo el objeto de mis textos). Y así es cómo los essais de Montaigne inauguran cierta consciencia moderna, autoconsciencia según el pleonasmo. Y todo ello —Montaigne, el pleonasmo y el ajuste de cuentas personal— para descifrar el cine según Berliner, Alan Berliner. Lo reciente se llama “First Cousin Once Removed” y va del primo segundo de Berliner, Edwin Honig, y va también de Berliner. Como no.

Esto, lo otro, Berliner y sus caméra miroir (cámara espejo) tributan en una retórica del autorretrato que, al menos en su configuración moderna, nace con el ensayista francés para —muchos textos más tarde, ya en la oscuridad de la sala— brillar en la obra de Mekas, Moretti o Cavalier. Por mucho que aquí el retrato aparezca desplazado y el espejo se escore para mirar de otro modo. Es decir, Honig asume una función especular, la imagen gregaria de un Berliner que, tras constatar una clara inclinación genética, admite temer al alzhéimer. Porque el primo segundo padece alzhéimer. De hecho, más allá de su último trabajo, la obra del autor neoyorquino puede leerse como un intento de conjurar la desmemoria: de ahí el patológico recurso al found footage, el almacenaje compulsivo de imágenes y otros síntomas. Si “Intimate Stranger” giraba en torno a la abuela materna, “Nobody Bussines” persigue al padre y, en registros distintos, “The Sweetest Sound” e “Insomnia” funcionan como autopases: el propio Berliner y sus múltiples taras. El riesgo implícito tiene que ver con la autoindulgencia, naturalmente, con la distorsión que debería provocar la ausencia de distancia en la observación y la perversión del marketing propio. Un territorio, el de la primera persona, inflado en una época que —mediante el discurso que concretan selfies y frontbacks, la expansión y disolución de lo íntimo—premia el solipsismo. Y Berliner, nada que reprochar, lo sortea hábilmente. Sabe qué se hace y cómo pensarse a sí mismo. Puesto que, como sucede en el mejor cine del ‘yo’, la primera persona sirve de pretexto para explorar el mundo, relatarse aunque sea siempre para terminar relatando a los demás, enhebrando a lo largo del trayecto —y aquí está el acierto— un sistema de reconocimientos e impresiones de talla universal. Es puro Montaigne. Un canjeo de humanismos.

Berliner y Honig (First Cousin Once Removed)

Berliner y Honig (First Cousin Once Removed)

“First Cousin Once Removed” se revela así una nueva variación del método Berliner, esto es: hablar de otros para hablar de uno, hablar de uno para hablar de los otros. Y ambos peajes de lectura resultan aquí válidos, seguramente porque el director nacido en Brooklyn los hermana al orbitar la cámara, otra vez, en torno a un miembro de su familia, un tercero evidentemente, y al tiempo —dado el parentesco, el vínculo de amistad— una suerte de apéndice de su primera persona. Edwin Honig, el catedrático ivy, el poeta, el primo remoto, el hombre, inunda el relato pero no sin ceder cierto espacio, el margen del contraplano, a Berliner y los avatares que éste dispone entre ambos: parientes olvidados, fotografías, el propio hijo del director y, claro, una serie recurrente de rasgos físicos. La conclusión se parece y mucho a eso que Alain Bergala llamó film-miroir, el último de muchos, o la desembocadura lógica y muy inteligente de una filmografía que tal vez alcance en esta carta al primo una cima definitiva.

La memoria articula los nexos, puentea espacios en blanco y levanta un particular journal. Honig es, a su manera, un desvío en esa ruta del director del film hacia la terapéutica personal. Pero quedarse ahí sería incompleto, además de algo mezquino. Entre otras cosas, porque Honig también resulta ser un tipo notabilísimo, un intelectual estrella cuyo naufragio sentimental, el genio, emergen sobre el astillado cascarón de su memoria. El retrato de la enfermedad huye de la causalidad temporal y cortocircuita la dinámica del deterioro —es evidente que Berliner no pretende firmar un tratado clínico— a partir de un montaje que alterna las fases y los tiempos, enlaza recuerdos estableciendo conexiones que, en efecto, remiten al dispositivo de la memoria, a todos esos flashes, la veloz brevedad de tantos glimpes (a veces de beauty). Montaigne también sellaba un firme rechazo del estatismo: «Yo pinto el tránsito y no el ser», sentenció. Y al tránsito se suma Berliner inteligentemente, encajando los planos de Edwin en un corpus más o menos metafórico —trenes, cursos de agua— donde las imágenes llaman a imágenes. La solución es deleuziana.

Nacido en Providence (las resonancias son suculentas), Honig fue además traductor y, en cierto sentido, el film se adueña del antiguo rol de su coprotagonista, queriendo descifrar, cuando no traducir, su trayecto vital. El estilete, la mano que sostiene el espejo, será siempre la memoria. «Et que je méritais que la mémoire me secourût mieux», avanzaba Montaigne. Que la memoria nos rescate. Y algo de aquello late tras la propuesta de “First Cousin Once Removed”, en un sofisticado operativo de rescate que rebasa la inmensa figura de Honig para empapar al propio director y, cosas que pasan, a todos nosotros. El mensaje nunca dejará de anegar el frondoso puzzle de la película. El mismo que, sin descanso, repite la desgastada silueta del primo Honig: «Remember how to forget». Y en ello andamos.

Honig antes de todo (First Cousin Once Removed)

Honig antes de todo (First Cousin Once Removed)

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