Los descendientes, de Alex Payne: Vivir (y morir) en bermudas

por Carlos Abascal Peiró


Los-descendientes-AFI

Antes de escribir sobre Nebraska (Alexander Payne, 2013), nos hemos leído en Ojos de Papel. El texto se publicó una vez aquí  y era y es el que sigue. Autopase.

Es verdad que el patetismo contemporáneo frecuenta gozosamente la erótica playera de la camisa estampada, las bermudas, el ronroneo de chanclas. Es verdad, también, que uno de los modos más certeros de calibrar la humanidad de un sujeto reside en enfocarle bajo el haz ramplón de una cotidianidad oficialmente hortera. Y van dos verdades. Los descendientes (The Descendants, Alex Payne, 2011), o el más reciente eslabón en esa masculina cronología del desencanto que su director iniciara con A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002) para afianzar vía Entre copas (Sideways, 2004), conjuga ambas certezas en lo que sabe a otra (una más) reflexión agridulce acerca de -¡sorpresa!- la célula familiar y sus desordenes sentimentales. Conforme, nada nuevo. Pero, vadeando traumas y constantes en la ficción de los últimos 4000 años, Payne sabe qué (se) hace, esto es: domina con virtuosismo los resortes de esa universal caja de cambios que aúna lo inequívocamente trágico y una comicidad perversa, desternillante. Entonces: nueva muesca en la notable culata del canon 2011. Y ya llevábamos unas cuantas.

Mahalo, Hawai

Tras los Jack Nicholson y Paul Giamatti de las primeras paradas -y el imberbe Mathew Broderick en la seminal distancia que marca Election (1999)– Alex Payne juega la carta ClooneyGeorge Clooney, para rematar una jugada maestra. Como ellos, aturdido por la necesidad de reacción ante las circunstancias, lastrado -otra vez, como ellos- por una ausencia femenina, Matt King (Clooney) es un abogado hawaiano cuya longeva saga, dueña de un jugoso pedazo de isla, le ha encomendado venderlo y dar así carpetazo a una herencia tan suculenta como fastidiosa. Uniformado al uso local -ese dramático disfraz para veraneantes eternos, hawaianos-, Matt nunca dejó de perderse las fiestas que merecían la pena, incluidas sus hijas, su esposa, que le engañaba con un promotor inmobiliario -el mismo que podría beneficiarse de la venta-, y que ahora, tras un accidente en motora, bracea hacia la muerte desde un coma clínico. Detrás, mar de fondo: surferos, ukeleles y pantuflas. De cielos desvaídos y archipiélagos fantasma,Payne encierra su relato bajo un exotismo de segundos tiempos, el verano que nadie -y mucho menos Matt- detalló en septiembre. Alguien olvidó las postales.

Sí, ya lo anotaron otros mucho antes. Los descendientes (y, a la cola, la filmografía de su autor) estira el pulso genial que evangelizó Wilder, los tipos buenos de PrestonSturges, la irrisoria frontera que distingue el llanto de un carcajeo forjado en la irreverencia. Y al final: los agujeros rutinarios del existir, la historia auténtica, la de los feos, o cuando Clooney adoptó la desafortunada estética de unH.S. Thompson con pinta de veranear en Florida. Mimados piadosamente, los King -y la demografía del cine segúnAlex Payne- avanzan hacia la realización, el mero tránsito o la más absoluta disolución; de otra manera, etapas de una humanidad cosida a partir del retal de sus defectos, que sobrevive en bañador, vagabunda, aplastada por la parpadeante desdicha de un cadáver enchufado. Con todo, sobrevive. Aunque Matt -al igual que le sucedía a Stephen Dorff en Somewhere (Sofia Coppola, 2010)- no sepa cómo arreglárselas para manejar a sus descendientes (hijas, primos, albaceas); y aunque nadie, por mucho que sonría, quede a salvó de embarrarse. Common people. Por eso.

Porque Payne debe guardar algún vínculo consanguíneo con sus criaturas. Y -qué cosas, en la medida de lo posible- las protege desde un guion que, sabiamente, ilumina los tramos muertos, introduce elipsis y pasadizos bajo la anaranjada huella de una puesta de sol oficial. A fin de cuentas, algo despide un aroma crepuscular desde el fondo abisal del cine de Payne. Sobre las piscinas vacías, en la tierra virgen que será resort, en parentescos sellados mediante la firma de un notario, en la orfandad, la soledad y la humillación. Estaciones múltiples hacia otra última verdad fundamental. Y es que nos necesitamos. Cada vez más.

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