Crash (David Cronenberg): Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000

por Carlos Abascal Peiró


crash

Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1000.  David Cronenberg —si este planeta aún retiene algo de lógica, y por muy fantástico que hubiese sonado— nunca pinchó aquel lamento de Los Inhumanos. La ecuación, de haberla, habría tomado el curso que finalmente adaptó la tan turbadora “Crash” (1996). Poco importa. Basada en una novela del profeta Ballard, “Crash” pertenece a ese segundo asalto que el genio canadiense emprendió tras la superdotada cesura que fundaba “Inseparables” (“Dead Ringers”,1988), y que, a regañadientes, desterraba la mampostería visceral de sus primeros tiempos en favor de un despliegue más enfriado del mismo temario. La prótesis por el muñón.

Ballard, el hombre que —en palabras de Rodrigo Fresán— inventó el futuro, nunca se privó de alabar la adaptación del canadiense. El reto consistía básicamente en trasladar de forma eficaz un proceso erótico que liga a pasajeros y automóviles en la súbita y mortal descarga de un accidente de arcén. Era un modo de relatar el desguace sentimental de la pareja protagonista y, a la medida del tipo que ya adaptó a Burroughs, sobre todo, un excelente pretexto para enumerar sus obsesiones. Siempre agrupadas en torno al reverso sintético de lo carnal: la máquina y sus sofisticadas derivas, la morbosa mediación del gadget como objeto de placer. En Crash reaparece una sexualidad entendida como mapa de cicatrices —la caja de herramientas de los Mantle en “Inseparables”, las penetraciones de “Existenz” (1999) o el sexo final de Watts y el doppelgänger Mortensen en “Una historia de violencia” (2005)- según esa retórica del cuerpo, algo torturado, foco erógeno, que anuda la obra de Cronenberg. El coche brindaba un ideal terreno de ensayo, tan novedoso como arriesgado. Después de todo, en el apartado de autos que hablan, la voltaica “Holy Motors” (Leos Carax, 2012) se limitaba a humanizar el timbre del fantástico Pontiac de David Hasselhoff. Cronenberg, y Ballard antes que Cronenberg, fueron mucho más audaces en la exploración diesel del último Prometeo: hacer el amor con una máquina. Por muy difícil que sea.

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