Un tipo serio (Joel & Ethan Coen, 2009): El cine serio

por Carlos Abascal Peiró


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Cuando uno llega a “Inside Lewyn Davies” sin pasar por “Un tipo serio” (“A Serious Man”, Joel & Ethan Coen, 2009) todavía no está al tanto de que, como es costumbre, nunca llueve en balde. Al igual que sucedía con la odisea del poco afortunado Lewyn, la antepenúltima película  de los Coen también fue etiquetada de menor. Los hilos que unen ambos relatos van mucho más allá de eso, aunque sobre todo se entrelazan bajo la impresión de que estamos ante dos films importantes de la militancia coeniana. No se trata de la cima en una evolución o de otro ajuste prodigioso —hace rato que concluimos que el oficio de pensar planos no tenia secretos para la dupla— sino de un paso de madurez, la consolidación de cierta amargura que siempre estuvo allí pero que ahora invade el primer término. Nos reímos de otro modo, muchas veces de nosotros mismos y en ocasiones ni siquiera nos reímos. “Inside Lewyn Davies” y “A Serious Man” se instalan en una geografía de pasajes sin salida, de rutas bloqueadas y espejismos narrativos que define un cine menos simpático, más ambicioso y seguramente mayor. Qué demonios.

Larry Gopnik, una criatura plenamente Coen, enseña matemáticas en un college del Medio Oeste y le abofetea la peor de las desdichas si uno resulta ser un tipo de fe: su familia se descompone. Hay algo del primer Woody Allen, otra porción de la minusvalorada “Cruzar California” (Adam Langer) y mucho del mejor novelista de Newark en este retrato de un microcosmos judío a finales de los años 60. Porque aunque el fantástico prólogo a lo yiddish tale proceda de la mitología doméstica de Isaac Bashevis Singer, o eso dicen los Coen, el resto —el diálogo generacional, el indescifrable misterio que atesoran los goys y la aprehensión del rabino y sus templos— tienen mucho de repertorio Roth en clave soft pero igualmente efectiva. Ahí está ese nose job que sobrevuela la prosa del primer Roth, la premeditada voladura del imaginario hebreo y sus traumas, la sexualidad explosiva de las mujeres de los demás o las vaporosas sesiones de torá. Y el suburbio, oh, sigue siendo ese recinto de insospechada hondura dramática, u otra metáfora USA donde tras los parterres asoman piernas infinitas, fusiles redneck.

Un tipo serio amplía una certeza: el cine de los Coen es un vehículo ideal para traducir al celuloide la inmensa obra de Philip Roth, y tal vez Joel y Ethan se hayan puesto a ello hace ya tiempo. La huella se iniciaba conel torturado Barton Fink y su particular y tan hebreo tycoon (Michael Lerner), tras el inolvidable personaje de Walter Goodman en “The Big Lebowski” para, ahora sí, asentarse bajo el escenario fundamental de la iconografía judía, la carrera hacia el barmitzvah. Queda averiguar si ese tornado final en fuera de campo —el atmosférico y el que profetiza la voz de un médico— debe leerse como un castigo o si, por el contrario, tal vez sólo estemos ante una redención.

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