La Francia sin ángeles de Marine Le Pen

por Carlos Abascal Peiró


Imagen - Le Monde

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La Francia sombría que impulsa la reciente primera vuelta de las municipales, sacudida por el bautismo del fascistoide Frente Nacional (FN), es una invitación expresa a la huida. De todas partes y hacia ningún sitio. En el curso de los últimos años, Europa parece regresar a un oscurantismo de tinte calvinista que, como todas las doctrinas del miedo, construye su ideario en el espacio cóncavo de un enemigo imaginario, en los rechazos antes que en las propuestas. Los monstruos son así, mejores respondiendo que cuestionando. Marine Le Pen se ha convertido en el cromo estrella de la ultraderecha europea y su endeble travestismo ideológico. En una Francia grisácea donde la UMP de Sarkozy ya parasitó el programa del FN con la esperanza de ganar músculo electoral -y donde el valido Valls reactiva sin pudor la cruzada romaní- la lepénisation de la sociedad civil le debe su éxito al tacto de Marine, una Marianne rubicunda con consignas de  taxista y buen regate. Le Pen es tan capaz de expropiar a la izquierda mitos del pelaje de Jean Jaurès, como de impulsar un inquietante discurso que, confirma Grégoire Kauffmann en Le Monde, “infecta la derecha tradicional para terminar devorándola“.

Mientras tanto, el Museo del Prado exhibe hasta el 25 de mayo una obra insólita, bellísima y provocadoramente actual. Préstamo del Real Museo de Bellas Artes de AmberesLa Virgen con el Niño y ángeles (1452lleva la firma del opaco Jean Fouquet, un artista algo nómada cuyo rastro se asocia a las cimas del primer Renacimiento galo, en un siglo XV que compartía con nuestro paisaje el juego de sombras. Era y es una Virgen casi sintética, de una belleza punk y espectral que rastreaba los rasgos de Agnes Sorel, amante de Carlos VII, vedette vocacional y chica de portada durante el reinado de los Valois. Fouquet tuvo la audacia de trampear la retórica sacramental, la sobriedad del artista iluminado, con una Virgen que parece responder a deseos mucho más terrestres, los de un pintor que comenzaba a intuir que lo sagrado empieza en la firma. Es esa audacia la que rescata inteligentemente Álvaro Perdices, el erotismo desafiante de la tabla habla de una nación que pronto entrevió la apertura del Renacimiento, las égalités y las fraternités, y lo que después y tirando del hilo acabaría llegando. Pero esto, desafortunadamente, parece no caber en la Francia que ambiciona Le Pen -y tampoco en la Europa de los desahucios. No corren buenos tiempos para los Fouquets de este mundo.

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