Benjamin y el ocaso del quiosco: Notas en red sobre cultura impresa

por Carlos Abascal Peiró


El clan dadá en las inmediaciones de Saint-Julien-le-Pauvre.

El clan dadá en las inmediaciones de Saint-Julien-le-Pauvre.

Les murs sont le pupitre sur lequel il appuie son carnet de notes,
les kiosques à journaux lui tiennent lieu de bibliothèque et les
terrasses des cafés sont les bow-windows d’où il contemple son
intérieur après son travail (…)

Walter Benjamin – Imaginación y sociedad. Iluminaciones I.

El 14 de abril de 1921 André Breton tiro de agenda y reunió a varios colegas frente a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre de París. El motivo, avisó, era vagar a través de la ciudad sin otro propósito que experimentar la impresión del flâneur: el transeúnte accidental, ese bípedo con ganas de matar el tiempo que, muchos años después, terminaría por aniquilar Google Maps. Fue también en París donde, tras haber subrayado a Baudelaire, Benjamin sitúo su elogio del flâneur como un tipo humano clave para entender por qué de pronto vivíamos en la modernidad. En su Libro de los Pasajes (1927-1940), el último gran visionario relataba cómo la haussmanización de París —la reestructuración urbana que, bajo el imperio de Napoleón III, ideó el bulevar para impedir la barricada y conectar el cuartel con el suburbio— dispuso las bases de la extinción del flâneur tal y como hoy lo conocemos. Entre los cadáveres que facturó el bulldozer del barón Haussman, Benjamin concedía una especial relevancia a la galería cubierta, el passage, hábitat natural del diletante. Surgido en la previa de la Revolución (el duque de Orleans impulsaría el primero en 1781), el pasaje presentaba un techado de vidrio que ligaba bloques enfrentados de viviendas para conformar un corredor iluminado gracias a las primeras instalaciones de gas. “Era tal vez no un mundo, pero sí una ciudad en miniatura”, concluía Benjamin. Luego añadía que, si la ciudad era el apartamento del merodeador, la galería le servía de salón.

La logia del pasaje, que aún conserva algún templo en el París actual, tuvo en Balzac otro fan declarado y de ahí que gran parte del romance editorial del algo torpe Lucien Chardon tomase cuerpo en la galería comercial, el sistema nervioso del París de la Restauración. De modo que los flâneur jugaban en casa bajo la cubierta de vidrio, y se perdían a propósito en el frondoso bosque de tenderetes. Benjamin quería pensar el paseante como a un lector ante el relato, que apenas domina unos metros más allá de su nariz y conoce conforme avanza. Figurado o no, la ciudad era un espacio de lectura. En muchos sentidos y en algún contrasentido, la muerte del flâneur puede asociarse a la muerte del quiosco de prensa (el quiosco en Benjamín era antes una barraca que un carrusel). Hubo un tiempo en el que ese quiosco, escribió el berlinés, era la biblioteca del flâneur. Más o menos. España ha perdido 25.000 quioscos desde 2007. La revista, desangrada en la trinchera de internet, se refugia en las librerías en una mutación silenciosa. Están pasando cosas. De esa revolución y de otras, todas impresas, tenemos que hablar. Más adelante.

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