Kracauer y la lentitud: Volver a aburrirse

por Carlos Abascal Peiró


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Petarlo en los años Weimar

Siegfried Kracauer hizo algo más que vitaminizar la teoría fílmica. En la línea de Bazin, Kracauer fue un realista convencido que adivinó el germen del nazismo en la batería de malvados del expresionismo alemán, y también un pensador omnívoro con gran habilidad para los textos multipista. Kracauer firmaría una galaxia de ensayos y diversos artículos que, en su mayor parte y de un modo bastante entusiasta, publicó el Frankfurter Allgemeine de la era Weimar. Eran otros tiempos. Aquella jarana creativa de la República de Weimar, un antecedente ilustrado de la Movida Madrileña, fructificó a través de una alineación titular irrepetible que empezaba en Murnau para concluir con Döblin, la Bauhaus o el primer Benjamin. «Aburrimiento» se publicó en 1924 y fue uno de aquellos ensayos. Kracauer, que era lector de Marx y un polígrafo talentoso, veía en el tedio un acto revolucionario frente a esa máxima que -casi un lustro después, recuerda el New Yorker–  iluminaría la revuelta chic en mayo del 68: l‘ennui est contre-révolutionnaire (el aburrimiento es contrarrevolucionario). Había que aburrirse mortalmente para no estar muerto. En su análisis de la ciudad moderna como espectáculo permanente, el alemán defendía la inacción como una estrategia para recuperar el pensamiento. En el fondo Kracauer hablaba de la lentitud y de que, efectivamente, la velocidad mata. Los quioscos y sus vidas, cada vez más íntimas, pertenecen a un ritmo pausado que se agota en el parpadeo de un muro de tweets. Entre otros hábitos slow, el auge de un periodismo lento también debería ser el auge del periodismo a secas y, por qué no, de un saludable aburrimiento.

 

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