Notas en red sobre cultura impresa (II): Poética de la revista objeto, mooks y coleccionismo

por Carlos Abascal Peiró


Vista de la playa de Portbou.

Vista de la playa de Portbou, cuna sentimental del mook.

La posesión es la relación más profunda que nos liga a los objetos. No se trata tanto de que estos vivan en nosotros como, al contrario, de que seamos nosotros quienes los habitemos.

Walter Benjamin (Je déballe ma bibliothèque, 1931)

La mano es una referencia constante.

En una época que, concluye el aplicado Jacques Aumont, desplaza el placer artístico de lo sensorial al deseo de comprender y de, en particular, mostrar la validez o el logro de esa comprensión —la intelectualización del arte (en el mejor de los casos)—, la propuesta fetiche del mook ampara algo de contrarrevolucionario. Tocar es nostálgico y la nostalgia es conservadora.Tradiciones olvidadas o, cómo recuerda Mayorga después de releer a Benjamin, el ultimo tragaluz: eso de la conservación revolucionaria. En un sentido reveladoramente literal nos hemos ido alejando de los textos y probablemente las pantallas concreten de forma radical ese distanciamiento. El mook o lo mook definen, a todo esto, un estado mental de las revistas o —si se prefiere— una zanja de cuarentena entre el objeto-libro y el objeto-revista. Libros-revistas, al grano, revistas gordas. Algo así como una periférica república editorial. Impresa, naturalmente. Y de orografía cambiante, censos remotos y deslocalizados a través de un sistema de embajadas que se reparten quioscos y, sobre todo, librerías.

Seamos rigurosos. El término mook surge de la contracción de las voces anglosajonas book y magazine para describir una publicación mensual o trimestral de dimensiones próximas a las de una revista y del grosor de un libro razonablemente ligero —de edición esmerada, distinta—, caracterizada por una querencia por los textos de vocación narrativa, un periodismo reflexivo de cierta densidad. Su primer empleo oficial data de 1971, en el marco de la decimoctava convención de la Fédération Internationale de la Presse Périodique, aunque el muy autorizado Oxford English Dictionary (OED) no lo recogiese por aquellas y hoy continúe sin hacerlo; no tanto por el carácter marcadamente slang del neologismo, siempre infrecuente, sino por su relativo impacto en el vocabulario anglosajón de ayer y hoy. Bien, el asunto nominativo no debería centrar el debate, puesto que la revista-libro, la modern magazine, la revue o el vitaminizado mook aluden a la misma Cosa. A un acuerdo entre el director de arte y el editor: envolturas y discurso. Y seguramente a un proyecto de futuro para esa trinchera, el periodismo.

Antes que nada, el mook se sueña objeto, un bel objet que —en líneas generales— aspira a una librería antes que a un quiosco, a una mesa baja antes que al prosaico revistero de un cuarto de baño. Ese inusual sentido de la permanencia, ligado a la noción del tacto, lo tangible y por tanto palpable —el to handle—, vertebra el fondo teórico del nuevo espacio editorial. Los mook aportan un valor congénito: son editados para ser coleccionados. Y el mook, pues eso, aterriza sonoramente en esa geografía íntima del coleccionista que trazó Benjamin. El berlinés, que se hizo fetichista por necesidad, fue un bibliófilo que huyó a través de la Europa de los fascismos, permanentemente obligado a despojarse de sus lecturas hasta el opaco y trágico episodio de su muerte —septiembre de 1940— en la aldea catalana de Portbou. Una desaparición sellada por la simbólica presencia de una maleta aún por hallar, y quién sabe si última expresión de tantas bibliotecas perdidas. A Benjamin le gustaba pesar el papel, calcular los gramajes y detenerse ante las ilustraciones, conocía tipografías y memorizaba fechas de impresión y casas editoras. Benjamin, en resumen, se negaba a disociar el texto de su materialidad. Con toda probabilidad, su artículo de 1931, “Je déballe ma biliothèque” (“Yo desembalo mi biblioteca”) ofrece la mejor muestra, antes incluso que el célebre ensayo en torno a la obra de arte y su reproducción, de los refinados ciclos y las múltiples taras del oficio de coleccionar.

Benjamin y Brecht echando un ajedrez, un cigarrito.

Benjamin y Brecht echando un ajedrez, un cigarrito.

El mook’ aterriza sonoramente en esa muy íntima geografía del coleccionista. La militancia fetichista según la teoría benjaminiana arranca con una cita, como resulta común en un autor que aprendió a citar para suplir tantos ejemplares abandonados. De este modo, “Je déballe ma bibliothèque” recupera la delgada silueta del laborioso maestro Wuz en la nouvelle del alemán Jean Paul[3], un miserable que, ante la imposibilidad material de hacerse con una biblioteca propia, y sin si siquiera haber leído las obras originales, resolvió copiar los grandes volúmenes de su tiempo (los Kant y los Schiller con especial predilección) y así, mediante el peculiar método, confeccionar una colección personal nada desdeñable. Benjamin se sirve de una estoica poética de la reescritura —“el modo más glorioso de coleccionar libros es escribirlos uno mismo”— que se renueva en las figuras del borgiano Pierre Menard, el indolente Bartleby de Melville o los agrestes rebeldes de “Fahrenheit 451”[4] para tejer un apasionado elogio del objeto-libro y los placeres que éste provee.

La posesión permitía “petrificar” una época, condensar en el objeto poseído todo aquello que revela su memoria, pero también el paisaje y el pensamiento de su tiempo, de sus antiguos propietarios, hasta conformar “una enciclopedia mágica cuya quintaesencia no es otra que el destino del objeto”. Es más, para el coleccionista, detalla Benjamin, la adquisición de un antiguo ejemplar equivale a su renacimiento. El auge de números atrasados y el amplio espacio que los servicios online del mook al uso dedican a la comercialización de sus existencias —conscientes de que estos alimentan un contenido que apenas envejece— , también admiten esa lectura. El siguiente paso, el verdaderamente radical, era la apropiación de todo aquel espacio mítico-temporal. Coleccionar era apropiarse de eso que Benjamin dio en llamar el aura de los objetos, una misteriosa impresión de unicidad, de suspensión del aquí y el ahora y que apartaba al objeto deseado del flujo fantasmagórico de las mercancías, lo recluía en lo privado. El concepto había sido introducido en la “Pequeña historia de la fotografía” (1931) para ampliarse en la multicitada “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936).

La lección: el aura se agotaba bajo la maquinaria de la técnica, cuya eficacia la desligaba de una tradición determinada para enmarcarla en un contexto de producción en masa (la revista de mercado, la literatura de bolsillo, las postales con motivos artísticos, las camisetas con serigrafías de la Capilla Sixtina, etc y etc). Resulta evidente, pues, el intento del mook por personalizar el objeto —si es que aún tiene validez el verbo. Prolongar esta lectura conduce a una conclusión: el mook emprende decididamente una recuperación del aura, del espacio privado del coleccionista y el ritmo pausado de sus hábitats. En efecto, resulta indudable que la revista slow se nutre del inmenso cuerpo teórico que firmó Benjamin, del afecto por el detalle y la sacralización de lo pequeño, del objeto: desde su teoría del fetiche y la oda sentimental al gesto de coleccionar, hasta su estudio del aura como paradigma de la transformación de los tiempos. De forma reveladora, en Benjamin el acceso al mundo se produce a través de lo ínfimo, de lo parcelario, el nicho: tal vez un axioma mayor del catecismo fundacional del mook y su militante negación de las prácticas generalistas. El pensador alemán, recuperado por lo contemporáneo con una intensidad ajena a la exigencias del aura, dignificó —como los mook en cierto sentido— una postura apenas frecuentada: el asombro por las cosas.

Sirviéndose del regate poético de Benjamin, que ligaba el aura al Odradek —o aquella criatura descrita por Kafka como la forma que adoptan las Cosas en el olvido—, el mook se sitúa deliberadamente cerca del monstruo, en un olvido deseado. Durante tanto tiempo.

 

[3]PAUL, Jean (2008). Vida del risueño maestrillo Maria Wuz de Auenthal. Una especie de idilio. Madrid: Velecío Editores.

[4] En la excelente novela “Fahrenheit 451”, situada en un futuro distópico donde los bomberos se ocupan de incinerar las bibliotecas, Ray Bradbury describe una suerte de maquis conformado por tipos que, a fin de salvaguárdalas de una probable destrucción, memorizaban obras cumbre de la literatura universal.

 

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