True Detective: Final de viaje

por Carlos Abascal Peiró


Rust y Marty velando armas

«Eres el Michael Jordan de los hijos de puta», le suelta Marty a Rust

Es una tradición de este blog sumarse con retraso a las conversaciones. También al revuelo que despierta la superdotada «True Detective» y su relectura del whodunit en la muy espectral Louisiana que, a veces juntos, cabalgan los agentes Rustin “Rust” Cohle (Matthew McConaughey) y Martin Hart (Woody Harrelson). Y aquí, como tantas otras veces, conviene seguir el curso de las aguas. Porque resulta que el tramo bajo del Mississippi humedece las costuras narrativas de esa Norteamérica que ya emergía en el «Life on the Mississippi» (1883) de Twain, o el retrato de un río —algo dijo— «sobre el cual siempre merece la pena leer». Así que leímos. Y leímos cómo a su paso por Missouri, entre playas de cantos y balsas de arce, Sawyer y Huck y Huck y Sawyer no se hicieron mayores. O cómo algunas millas al sur, en la llanura de Arkansas, los vaqueros sin vacas de Zane Grey salvaban el caudal rosado de una corriente que, río abajo y tras el rastro de Matthew McConaughey en la esclarecedora «Mud», se apagaba en Baton Rouge, Louisiana, donde los fúnebres pantanos de aquella película de Flaherty se abrían y cerraban en torno al cogote de un cocodrilo. Y donde, después de todo, anida el Yellow King de Cohle y Hart. Es la edad de una nación. De una ficción, a fin de cuentas. Y al mortecino compás de una desembocadura arbolada y repleta de sombras, aquel era y sigue siendo el trayecto de la inocencia a una tenebrosa descomposición. De otra manera, la madurez de una mística que, a sabiendas y con toda la pericia del mundo, sedimenta el «True Detective» de Nic Pizzolatto y la HBO.

El mal sigue teniendo sus motivos. De eso va todo esto y de eso iba el pulp superclase de Jim Thompson, el american gothic de Ambrose Bierce y Lovecraft y, en resumen, las deudas de sangre de Pizzolatto. Aunque Rust y Marty todavía sean un par de cowboys sin montura y con una orientación que sólo mejora cuando empeora todo lo demás, ambos convocan dos formas de entender el Sur, primera parada de una nación que se hizo a sí misma de abajo a arriba, literalmente, hacia la frontera mutante de un Noroeste salvaje e infinito y doblemente salvaje. Pero ahora y antes, Louisiana. Con un arco temporal plegado en tres tiempos, de 1995 a 2002 y de 2002 a 2012, «True Detective» dibuja un modelo de excelencia en el paisaje de la caja imbécil para, tras el horizonte narrativo de la Gran Novela Americana, perseguir esa otra gran ballena blanca, el Best Show Ever.

Y lo hace recuperando las rítmicas del folletín literario en un sentido estricto y por mucho que éste, su formato elástico y dosificado, ya alimentase la actual tercera edad dorada televisiva; hablamos de un relato en ocho episodios —y aquí va lo inusual, puro Bazin— por fin a cargo de los mismos autores: Pizzolatto a las letras y Fukunaga en la dirección, la propuesta formal (hacía tiempo que nadie exprimía tan bien el gran angular). De ahí la rara coherencia que atraviesa una miniserie que multiplica el pulso de distinción, ser cojonuda, sin vocación de genialidad. No hay mucho retorcimiento, tampoco guión pirotécnico; TD mira siempre hacia arriba, a una altura supletoria.

¿Esta es tu letra?

¿Esta es tu letra?

Que no es televisión, no anymore. El trabajo de Pizzolatto concreta un componente de exigencia que rebasa la buddy movie —los dos maderos que, mal que bien, empujan la investigación— y toma cuerpo en una forma inusualmente literaria que ha precipitado los desacuerdos. Andrew Romano apunta a una inquietud fundamental en uno de sus artículos para The Daiy Beast: la miniserie de HBO, antes de nada, trata del storytelling. Contar cosas y contarlas lo mejor posible. No importa tanto el caso, convencional al fin y al cabo —un psicópata leído en la línea de «La noche del cazador» o «Seven»—, como el discurso que lo cohesiona y articula. «It’s about the cops, not the case», adivinaba algún comentarista.

Y «True Detective» da vueltas a una urgencia tan y tan humana, es decir, hallar narrativas, razonar qué y por qué pasó y luego contarlo a los demás. Rust necesita hilar crímenes para enhebrar un relato coherente mientras su superior reclama algo que filtrar a los medios y Papania y Gilbough, la dupla de agentes que reactiva la investigación, se esfuerza por contrastar las versiones de Cohle y Hart y así confirmar la suya propia. Las conjeturas apelan a otras conjeturas para —y esto se llama seguridad— encadenarse hacia un desenlace. El enorme flashback que introducen Rust y Marty en 2012, rememorando el primer y el segundo tiempo de sus pesquisas ante las preguntas de Papania y Gilbough, sella lo mucho que ha leído y visto Pizzolatto. Que le permite jugar a disociar qué se nos muestra y qué se nos cuenta, o esas virtuosas analepsis donde las imágenes refutan la voz narrativa en una finta que —Genette debió bautizarla de algún modo— ya aparecía en algunos Resnais, en Hitchcock (la voice over de «Stage Fright») y, claro que sí, De Palma. Y qué mejor Marienband que una Louisiana al margen de todas las cosas, suspendida en un vacío —ese void que angustia a Cohle— de chimeneas y seres humanos fuera de servicio. Cuando suena Lucinda Williams.

Y en fin, sí, «Breaking Bad» era más desoladora —a Walter White no le salvaba nadie— y presumía de una escritura espaciada, de larga distancia, tan medida que a veces uno esperaba ver un pájaro de madera celebrando el gol del guionista entre los dientes de algún mariachi colocado. «Breaking Bad» era un muy eficiente producto televisivo. Ya está. Pero en «True Detective», aunque la cosa acabe bien (e identificar happy ending y mediocridad siempre fue snob), hay más. Más en menos. Por eso resulta ingenuo comparar ambas series y —seamos serios— tampoco tiene mucho sentido acusar a Pizzolatto de un relato tópico e intelectualizado y demasiado consciente de sí mismo. Porque lo es, lo es de forma abierta y sin prejuicio alguno en revelar fallas, en apoyarse desvergonzadamente en su músculo literario, la solidez formal y el portentoso casting (lo de la sobreactuación es un lugar común vacíado, casi quejarse del arbitro en un sparring). TD, pues, se atreve con el final feliz y por primera vez en tanto tiempo desprovee a un héroe serial del prefijo anti: conservación revolucionaria.

Emily Nussbaum describía y con razón una serie cuya presencia femenina era otra vez accesoria y, al margen de que Maggie tome la iniciativa en el sexto episodio, hablaba de monstruos. Y lo dice Rust: «Al final de todo sueño siempre hay un monstruo». De modo que nosotros tenemos el nuestro, finalmente derrotado bajo la enmarañada negrura de Carcosa, aunque sospechemos que lo monstruoso no acostumbra a parecerlo y sí todo lo contrario y tal vez por eso Marty y Rust lo sean siempre a su manera. Y ahí reside —apostemos— la lectura de «True Detective». Pese a que cada línea de Rust merezca un meme y la trama resulte convencional y además olvide cabos sueltos. Pero y qué. Qué ha pasado para que necesitemos historias que funcionen según una ecuación perfectamente razonable. Esas lagunas narrativas por explorar (o mal exploradas) deben ser virtud antes que defecto, o los motivos del placer elástico del fan, la especulación forera, el debate posterior. Otro estímulo para más y más ficciones.

En diálogo con The Last Magazine, hace ya un tiempo, Pizzolatto reconocía la influencia de Bolaño y —explica algunas cosas— en particular Denis Johnson, a quien define como «el más importante novelista americano de nuestro tiempo». En Johnson, tótem incombustible de la narrativa USA de raíz, late una América profunda de ritos indios y señales de humo, trascendente y trascendida por un mundo de asfalto que estalla en pedazos. Y es verdad, algo de de su respeto a la metafísica fundacional de los Estados Unidos sobrevuela los ocho capítulos de TD. La idea de espiritualidad, desmontada por Rust en su modulación oficial (la religión y en este caso sus derivados integristas), anega los diálogos y la desoladora escenografía de un estado tan pobre como creyente. Louisiana, o un poderoso entramado de no-lugares (y qué nutritiva cita de David Bizarro a Augé).

Criado en un entorno evangelista, Pizzolatto hace suya la crítica religiosa de Rust pero conecta la serie a la carga mítica del Sur mediante una hilera de guiños —el astado como desquiciada expresión mitológica, pájaros que emprenden el vuelo— a un aire malsano, lynchiano, que quizá y sin saberlo tienda cabos a otra fábula con ciervos en la cuneta y una también postrera y muy reveladora mirada a las estrellas: «Una historia verdadera». Donde, sí, se levantaba el cuello hacia el firmamento en un gesto universal. Por mucho que sirva, amigo Rust, para constatar que la luz tiene todas las de perder; sobre todo si carecemos de respuestas. Y por eso contamos cosas. Porque esta noche nuestra es más larga que todos los días.

Los tipos solitarios nunca terminan de mudarse.

Los tipos solitarios nunca terminan de mudarse

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