El secuestro de Michel Houellebecq: El autor tachado

por Carlos Abascal Peiró


Michel no está, Michel se fue

Michel no está, Michel se fue

En una secuencia de «El secuestro de Michel Houellebecq», el escritor, tendido sobre una cama de matrimonio y en un mohín algo fetal, prorrumpe en alaridos recordando a sus captores que de no moverse, «je m’anquilose». Es decir, que se anquilosa. Que hay que moverse. Hacia adelante. Acelerar en perspectiva de alcanzar algún sitio o todo lo contrario, como sugiere el fabuloso plano final. Houellebecq, que se explota ante la cámara con una gozosa naturalidad, ha resuelto empujar su carrera hacia una autoficción que, de un plumazo, lima la mecánica narrativa  que le hizo un nombre para ceñirse a su expresión más rudimentaria, el ser humano Michel Houellebecq. Así, honestidad mediante, arranca un secuestro de dos semanas que ironiza con la aún vaporosa desaparición del novelista en el otoño de 2011, en plena tournée promocional de la premiada y más leída «El mapa y el territorio». Y estamos ante «el retrato de un escritor en forma de crónica cómico-criminal», avisa Guillaume Nicloux, director de una cinta de mimbres modestos, horno televisivo y ecos universales que (sorpresa) produce ARTE. «El secuestro —añade— sólo es una pista de despegue». El resto es conocido.  La prensa literaria francesa tratando de digerir una rentrée donde, sí, el cromo estrella resulta ser Houellebecq. Sin título alguno en las librerías. Voilà.

Por cierto que, claro, el resto también va de Michel. De Michel enclaustrado en un bungallow periférico junto a un memorable trío de secuestradores, junto a los padres de uno de los sicarios. De un cautiverio silenciosamente subvertido por un personaje que se limita a descolgar el labio inferior para adueñarse de cada situación. O de un intercambio dialéctico que, entre pitillos y botellas de Gibega del Duego, nunca abandona esa engrasada amabilidad que hace de Francia el mejor país para comprar el pan. Como ya sucedía en la tan bien escrita «El desconocido del lago», la banal politesse gala sirve para desenmascarar lo absurdo del existir cotidiano —del mechero fetiche a la pornografía, el antifaz festivo— o esa liturgia de gestos inútiles, pura supervivencia, que propulsa el universo narrativo del de Reunión. Al novelista todo le gusta mucho; se lo pasa la mar de bien. Y probablemente por esa razón haya rodado un segundo filme a las órdenes de Gustave Kervern y Benoît Delépine, «Near Death Experience», u otro Apocalipsis narrado por un ciclista vestido de Houellebecq. O era al revés.

En su reciente y muy nutritivo ensayo «El libro tachado» (Turner), Patricio Pron recoge el lapso de once días que en diciembre de 1926 mantuvo en vilo a los lectores de Agatha Christie, entonces en el más desconocido de los paraderos. Pron enmarca la anécdota en un exhaustivo repaso de los muchos naufragios del Autor antes y después del sonado y fúnebre aviso de Barthes: había vida en los textos y desde luego más allá de la firma. En cierto sentido, Houellebecq, que a su modo estira la expansiva figura del novelista luego de Hemingway, prolonga esta disolución del Autor (y el escritor) brindando un nuevo modelo de la misma, la muerte por proliferación. Autores que desaparecen por aparecer demasiado. La saturación termina con el significado. Eso nos deja un (divertidísimo) simulacro de lo que una vez fue un escritor —esta película, otro desencanto— y la frustración de saber lo improbable que resultaría, digamos, que Vargas Llosa se embarque en un delirio similar. Los ritmos de la hipervisibilidad tienen una interpretación más inteligente en el francés y, además, esta modalidad de narcisismo resulta mil veces más gratificante, más saludable. Porque a Michel, todo hay que decirlo, los demás le importan poco en la medida que él ya ha vivido bastante. «J’ai assez vécu», confirma en dos, tres ocasiones.

Sonrían

Sonrían

 

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