Le pornographe (Bertrand Bonello): Ilusiones perdidas

por Carlos Abascal Peiró


Le-Pornographe

«Le Pornographe» (Bertrand Bonello, 2001)

La idea de las ilusiones perdidas, además de un regate bien trabajado para triunfar en una graduación de la era Rajoy, debe entenderse como un lamento post de calado transversal. En Francia siempre fue algo más. Funciona como una preocupación endémica del peso histórico del beaujolais o el fular cruzado. Materia prima del decadentismo, de Verlaine a Bonello pasando por el cine de Eustache, echar de menos y cagarse en la puta con ambages es todo un gesto galo, un pilar cultural de fondo y discurso. Como «L’apollonide…» y como esta última «Saint Laurent», «Le pornographe» prolongaba esa herencia logrando ser una película de Bertrand Bonello pese a Jean-Pierre Léaud. No es fácil. En un cuestionario para ChronicArt, BB observaba lo difícil que es rodar con Léaud, el niño en la playa, el Doinel de Truffaut y novio de la Maman e hijo de la Putain o una cronología de la modernidad y sus meandros de apenas un metro sesenta y pico. Resulta tan difícil despegarse de Léaud, de la biografía filmada que rueda interrumpidamente desde 1959, como evitar —cita Bonello a Godard— que la película termine convirtiéndose en un documental de su actor.

«Le Pornographe» toma aire —digámoslo, es una peli excelente— y se convierte en otro filme sobre el desencanto y las revoluciones sumergidas. Sobre ese instante en el que caímos en la cuenta de cómo la revolución, esta y aquella, no fue tal. Ni siquiera sexual. Un director porno de cierta edad y más aspiraciones —un purista que rueda con un tono muy Buñuel lo que nunca le dejaron rodar a Buñuel— se reúne con su hijo, al que perdió cuando este supo del oficio del padre y cuya militancia revolucionaria, una armada dadaísta, se atasca en su particular desilusión. La pornografía es otra decadencia, el fracaso de un tipo que piensa una felación a la manera de Bresson —«no sientas nada, actúa de forma mecánica», ordena a su actriz— pero que, ante el estupor y el rechazo del sector, regresa una y otra avez a la misma constatación: «si pierdo a los camioneros, estoy jodido». Entre filmar gente en pelotas y filmar fábricas, Jacques Laurent (Léaud) eligió lo primero porque «gustaba a los espectadores» y quizá, en el 68, todavía sonaba a revolucionario. Ahora, recién separado, regresa al porno para reconducir su economía doméstica y levantar un bungallow de soltero.

Bonello sabe adónde apunta. Entrega una película sobre la madurez de un hombre y, en última instancia, la madurez del cine. Léaud —de eso se trata y él está muy al corriente— encarna un cine desilusionado, mito envejecido, jadeante, encorvado sobre sus rodillas en lo alto de una modernidad que alarga su particular rampa de salida hacia muchas buenas noticias. Y el porno es antes cine que porno y ésta es también una película sobre los cómo, los making-of, sobre el impulso vital de rodar y luego contarlo. Fue aquí donde Bonello se hizo a sí mismo, antes de las dos cimas que dibujan «Saint Laurent» y «L’Apollonide», para convertirse en un autor versátil, con formación de piano clásico, filias electrónicas —no extraña que Thierry Jousse le considere el creador más musical de su generación— y que por supuesto compone la música de su cine. Un académico, un revolucionario. Quizá, junto a Arnaud Desplechin, el tío que mejor pone-en-escena en el último cine francés.

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