Los cines de Patrick Modiano

por Carlos Abascal Peiró


PATRICK MODIANO RECOIT LE PRIX ROGER MINIER POUR SON ROMAN LA PLACE DE L'ETOILE EN 1968

Patrick Modiano no es sólo la Ocupación y resultaría mezquino reducir su obra a ese París, por mucho que el hecho de escribir un mismo libro y en tantas ocasiones seguramente sea virtud antes que defecto. Y aunque a Fleur Pellerin, actual ministra gala de Cultura, le resulte imposible nombrar una novela suya. Es verdad que Modiano nació en la mañana que sucedió a la Liberación, y la bruma de los años que la precedieron (o el recuerdo de esa bruma) colonizan una obra concebida a modo de cartografía renqueante, in progress, anudada a través de registros civiles, recortes de vespertinos, catastros, bulevares (periféricos), recuerdos que remiten a otros recuerdos. La holografía de un territorio espectral y al tiempo demasiado presente que toma forma sobre la marcha, en la reinvención dramática del flâneur que recuerda a medida que ánima el paso. El método Modiano.

Es sabido que el Nobel, una excusa tan ruidosa como razonable para leer (más y no siempre al galardonado), premia una obra y —el orden no altera el resultado— cierto compromiso ideológico. En Patrick Modiano la academia sueca reconoce una altura literaria ajena a medallas y timbas absurdas pero, además, tal vez, una justa dimensión política. A Modiano se le rebate a menudo la imagen de creador militante porque, antes de nada e indudablemente —la expresión se la debemos a José Carlos Llop—, es un escritor que escribe.  Que escribe, entre otras cosas, sobre un remordimiento, el de una Europa que banaliza sus tragedias para revisarlas desafortunadamente. Si De Gaulle centrifugó el retrovisor histórico de la posguerra para universalizar la Resistencia, otros apostaron por excavar en una memoria parcheada. Por ello, es un motivo entre muchos, hay que leer a Modiano. Un detective metafísico, dijo una vez su mujer Dominique.

Reacio a loar políticos o a terciar en debates territoriales, Modiano es alguien dotado de una elegancia infrecuente,  educadísima: el gusto por la duda, un trabajado elogio del titubeo. A esa incertidumbre, condensada en la gélida neblina del París ocupado, apunta la obra monofónica del hijo de un judío, un truhán de muchos nombres, y una actriz belga a sueldo de la Continental, la producción fílmica que financió el nazismo en París.  Tiempo después, de «Lacombe Lucien» (cuyo guión firma el propio autor) a la inmensa «Le Chagrin et la Pitié», otros cines recuperaron el arte de dudar y cuestionar qué, cuándo y dónde pasó, o es decir,  el paisaje indeciso que abriga la grandeza de Patrick Modiano.

«Lacombe Lucien» (Louis Malle, 1974)

«Un héroe muy discreto» (Jacques Audiard, 1996)

«El confidente» (Jean-Pierre Melville, 1962)

«El último metro» (François Truffaut, 1980)

«La armada de las sombras» (Jean-Pierre Melville, 1969)

«La travesía de París» (Claude Autant-Lara, 1956)

«Le Chagrin et la Pitié» (Marcel Ophüls, 1969)

Monsieur Klein (Joseph Losey, 1976)

Anuncios