Eden (Mia Hansen-Løve): La década silenciosa

por Carlos Abascal Peiró


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Qué fue de los noventa, se preguntaba este verano el Pompidou de Metz. Y qué día el de aquella noche. Portento de las resacas más íntimas de la Nouvelle Vague y novia de Olivier Assayas —esto no es amarillismo, es una pista—, Mia Hansen-Løve dedica su última peli al rise y el fall de la french touch, la electrónica francesa y sus quimeras antes de Guetta. El resultado no es apabullante pese a un notable tono medio, pero sí —y tal vez resida ahí su importancia— logra hablar y hacer hablar de una generación que, más allá de los platos y los viernes, hizo planes por su cuenta. Que estaba sola, muy sola, y que colgó el suéter para fichar en una inmobiliaria. Es a través de esa nada y sus decepciones, una inmadurez dolorosamente crónica, donde navega la ambiciosa «Eden». Una estupenda película generacional. De amigos.

«La fiesta se terminó, pero no creo que el sueño haya muerto», suspiró la cineasta ante una sala del Festival de Toronto. Se refería al house galo, un síntoma de la primera mitad de los noventa, además de esa fábula urbana bajo cuyos mimbres se inscribe un buen pedazo de la coolitude parisiense, esto es, petarlo sin estar al tanto. Fue un fenómeno cultural sin discurso y de relato endeble, euforias puntuales y muy ligadas a la efervescencia de la droga sintética. Hansen-Løve retoma el sendero explorado por maravillas como «24 Hour Party People», «The Last Days of Disco» o «American Pop» y lo sumerge en una deriva terrenal que rehúsa ahondar en sus personajes para, mejor, narrar su tiempo. Y seguramente —lo demás se lo ventiló la novela del XIX— el cine consista en eso, en capturar el temblor de una época, su velocidad, sus ritmos, su información. Los has been.

«Eden» resulta ser un retrato de artistas adolescentes que, pasadas dos décadas, lo siguen siendo porque el curso del tiempo, como si tratase de exteriorizar su inmadurez sentimental, apenas golpea el físico de los actores. Si la reciente «Inside Llewyn Davis» dibujaba una paralela marginal en torno a Dylan, Hansen-Love retrata a un suplente de las pistas bajo la sombra mutante y expansiva de los Daft Punk, esa pareja de primos que pincha con máscara y a quienes, en una escena recurrente, nadie permite la entrada a los clubs. El atómico buen gusto de la cineasta y su tino para las referencias —el debate en torno a la vigencia camp de «Showgirls», el DJ derrotado que adora a Bolaño, la profética aparición de la postmusa Greta Gerwig— logran dar forma a la plenitud de un hecho generacional superior a cualquier tiempo preciso. El colectivo sustituye aquí a la intimidad de la primera filmografía de la francesa,  aunque en el fondo sus miembros sean seres abandonados, vaciados de ideas y, tal vez por eso, dotados de una ternura trágica.

Que estemos o no ante una prolongación de «Vincent, François, Paul et les autres» o la inolvidable «Comment je me suis disputé… (Ma vie sexuelle)» no es tanto la cuestión como la eventual disolución de los lazos afectivos (e ideológicos) de la promesa generacional. Una negación concretada en el llanto del protagonista, convertido a su pesar en un treinteañero que pincha en bautizos y asalta la nómina de su madre. Hay una tragedia silenciosa en pasar los mejores-años-de-nuestra-vida bajo la afonía de un par de auriculares.

Para recuperar esta y aquella banda sonora, es aquí.

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