Películas para otra Navidad, cara B

por Carlos Abascal Peiró


Jean-Pierre Léaud - Jean-Pierre Noël - Antoine Doinel - Antoine Noël - le Père Noël

Jean-Pierre Léaud – Jean-Pierre Noël – Antoine Doinel – Antoine Noël – le Père Noël

«Le Père Noël a les yeux bleus» (Jean Eustache, 1966)

Papá Noel era un Jean-Pierre Léaud que ya había sido Antoine Doinel, la criatura de Truffaut, el retrato robot de la modernidad. Que nunca dejaría de serlo. Por eso, esta variación de la saga a la Eustache es doblemente importante: porque profundiza en las inquietudes de su autor, en la anterior «Les mauvaises fréquentations» (1963) para anticipar el hito de «La maman et la putain» (1973); y porque consolida al tarambana como héroe natural de la Nueva Ola. La historia es fácil. Un tipo a la Eustache, esto es, un dandi frustrado con maneras de seductor y síntomas de ciclotimia, sueña con regalarse un duffle coat, una trenca escolar. Tras atracar sin éxito una librería, recorre las aceras disfrazado de Papá Noel —traje prestado, barba temblorosa— con la esperanza de posar junto a los paseantes por unas monedas. Y lo difícil es olvidar a su muy moroso Santa Claus, frotando el uniforme contra las chicas que, inocentes, se detienen junto a él ante la cámara. Deslizando el guante alquilado a lo largo de la curva de sus espaldas, ahuecando su cintura con la manga dada de sí. Era Doinel a pesar de Léaud. Era Doinel sin querer serlo. Un tesoro.

Los amigos de Michael Caine

Los amigos de Michael Caine

«The Muppet Christmas Carol» (Brian Henson, 1992)

Los teleñecos siempre se han empeñado en demostrar que cabía tanta humanidad en sus cuerpos de felpa como en el de las muy humanas estrellas que, rutilantes, desfilaban en sus películas. Aquí resultó ser Michael Caine —una noticia estupenda— en un clásico infantil y, por lo tanto, universal, que revisaba el dickensiano «Cuento de Navidad» con puntería y un entrañable sentido de lo navideño. Desde finales de los setenta, el show de los teleñecos, que alimentaba y se alimentó del infatigable Saturday Night Live, trazó una pista propia en el alambicado mapa de la cultura pop para devolver una imagen especular de las miserias y gozos del otro bando, nosotros, los muppets en carne y hueso. La peli va de eso, naturalmente.

Amalric y Deneuve con gesto invernal

Amalric y Deneuve con gesto invernal

«Un conte de Noël» (Arnaud Depleschin, 2008)

Todos tenemos un Mathieu Amalric en la mesa, un pariente proscrito. El tumor de los rumores es el cáncer, no tanto metafísico, familiar en este caso —las rencillas sanguíneas de una saga muy venida a menos—, como ciertamente físico, el que aquí devora el cuerpo de la matriarca Catherine Deneuve, anfitiriona de acaso la última cena de Nochebuena de su prole. Este (largo) cuento reafirma el talento de Arnaud Desplechin para los relatos de relatos, dotados de múltiples compartimentos narrativos, de raptos y regresos a escena, ardides literarios, trucos formales y, sobre todo, una habilidosa lectura del método Balzac. Porque las familias son eso, un relato de varios, compartido y debatido; y lo son en Navidad.

Bad Santa

Bad Santa

«Trading places» («Entre pillos anda el juego», John Landis, 1983)

Qué buena excusa para quererse. Cumbre de la comedia estadounidense, «Entre pillos anda el juego» reescribía la fábula de (claro) Mark Twain a partir de un príncipe wasp (Dan Aykroyd), un mendigo negro (Eddie Murphy) y la muy explosiva Jamie Lee Curtis. Era un Nueva York nevado, Wall Street bailaba las variaciones Reagan y los demás tenían la mar de frío. Entonces Hollywood urdía una singular resurrección de su comedia autóctona en algún lugar entre los púdicos enredos amorosos de La Cava y la transparente torpeza de la saga «Porky’s». Y Landis, con la acidez política del mejor Roy Hill, supo entender que los ochenta, además de huir de sí mismos, se parecían muy mucho a un gran sainete. Así que fue cosa de un desmejorado Santa Claus de armiño mugriento, del infeliz que, entre los dientes, apresaba una lengua de salmón en la nocturna navidad de Manhattan. O del desternillante gag del vagón y, ay, su carga de simios, pastores luteranos y gurús del cuelgue.

In-Bruges

¿Cuánto queda?

«In Bruges» (Martin McDonagh, 2008)

Lo que McDonagh hizo antes y después de esta cinta importa poco. En España la conocimos por «Escondidos en Brujas» y llegó y se fue en el alucinado silencio de una sesión de ufología. Y pese al silencio, pese a Colin Farrell, aquel relato de dos gángsteres a la espera de que todo se calme en una Brujas hipnótica, tan navideña, bien vale una cima. Era la historia de un paréntesis —borrarse del mapa, no hacer ruido después del crimen— y era un paréntesis con historia, como todos los paréntesis. A menudo las cosas pasan en los intersticios, cuando no deben, y de ahí los logros de la película y lo doloroso del (auguradísimo) desenlace. Por cierto que aquí, palabra, vive el mejor enano noir desde «La vida secreta de Sherlock Holmes».

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