Ser Francesco Rosi (1922-2015)

por Gabriel Doménech González


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Francesco Rosi y Gian Maria Volonté: «Cristo si è fermato a Eboli» (1979)

Seguramente a muchos, en estos días de ruido y furia, este escrito les importe un bledo. El caso es que esta madrugada ha muerto Francesco Rosi, uno de los más grandes directores del cine italiano, lo que equivale a decir del cine mundial. Sin entrar en excesivas consideraciones sobre cómo el canon cinematográfico establece que ciertos nombres (nacionalidades) suban al Parnaso de la excelencia mientras que otros se queden en el limbo del olvido, baste decir que Rosi representó una de las mayores cotas de excelencia en el cine italiano a partir de los años 60, lo cual ya es decir.

Napolitano de 1922, formado en las canteras de los rodajes de Visconti, Emmer y Antonioni, el salto de Francesco Rosi a la dirección supuso una de las incursiones más innovadoras en la veta (neor)realista del cine transalpino. Si desde hacía un par de décadas la práctica artística en Italia se veía indefectiblemente ligada al reflejo de su devenir histórico y social, la llegada de nombres como nuestro Rosi significó una renovación no sólo en los temas, sino en las formas. Estirando el concepto estilístico de realismo cinematográfico más allá de lo que sus padrinos neorrealistas se atrevieron, el cine de Francesco Rosi (y el de otros como Pasolini, Ermanno Olmi, los hermanos Taviani o Vittorio De Seta) pronto se mostró dispuesto a indagar en las zonas grises que el contrato social de la Italia del consenso democristiano y el auge económico procuraba maquillar. El Sur, fuente histórica de reivindicación y denuncia, se convirtió en el centro de operaciones predilecto del napolitano, que no dudando en limar progresivamente sus filmes de todo atisbo de épica, melodrama o sentimentalismo, aspiraba a crear películas con el rigor y dinamismo de un reportaje periodístico. Cine-encuesta se llamó a su peculiar estilo.

Estilo con el que denunció las conexiones entre crimen organizado, Estado y mercados en «Salvatore Giuliano» (1961) y «Lucky Luciano» (1973); la especulación inmobiliaria en su capolavoro «Las manos sobre la ciudad» (1963); la misteriosa muerte del magnate del petróleo Enrico Mattei en «El caso Mattei» (1972), o la fractura social italiana durante los años 80 en «Tre fratelli» (1981). Hizo suya la reflexión sobre el viejo e inmutable Sur campesino cuando en 1979 adaptó para una serie televisiva el hermoso libro de Carlo Levi «Cristo se paró en Eboli». También nos legó uno de los más furibundos y marxistas (y extraordinarios) alegatos antibélicos en «Uomini contro» (1970), otra olvidada gema ambientada en la I Guerra Mundial. Sin olvidar su primera cinta, en la que fustiga lo que años después se denominaría la Camorra napolitana: «La sfida» (1958) con, por cierto, una despampanante Rosanna Schiaffino. Y, como colofón, y aunque pocos lo sepan, Rosi cuenta en su haber con el mejor film sobre el mundo del toreo, «El momento de la verdad» (1965), rodado en España con un guion de los outsiders patrios Pedro Beltrán y Pere Portabella.

Hasta aquí, la reivindicación de un cineasta fundamental, poseedor de una elegancia estética incontestable y un discurso crítico a prueba de invectivas baratas. Su fijación por la cuestión meridional, su certero y anti-espectacular análisis de los flujos de poder que forman y corrompen las instituciones, su empeño en realizar una obra artística de preclara vocación civil y su renuencia al conformismo ideológico le emparentan con otra de las grandes figuras de la cultura italiana de posguerra: el escritor siciliano Leonardo Sciascia, al que por otra parte adaptó con gran talento en «Excelentísimos cadáveres» (1975). Junto a él, encontramos asimismo a otros imprescindibles de la mejor y más combativa cultura italiana: la gestualidad y los ademanes de Gian Maria Volonté, las palabras y las historias de Raffaele La Capria o de Tonino Guerra.

Entonces. Por esa porción del cine italiano, tantas veces ignorada o denostada, por esa oportunidad que el espectador actual le debe al antaño vitoreado Rosi, o por palabras como estas: “Mi única pretensión es hacer buen cine, pedagógico, con contenido ético y valor estético. Mi cine es de izquierdas. Me conformo con descubrir qué pasa en la vida cotidiana de mi país, ofrecer al público elementos de concienciación.” Por todo ello (y algo más), lanzo desde aquí mi humilde panegírico a este cineasta que, por desgracia, ni siquiera en su muerte ha logrado el necesario eco.

Así, entre tanta y trágica euforia a costa de lo que se es o no se es, permítaseme escribir que a mí me hubiera gustado ser Francesco Rosi.

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«Salvatore Giuliano» (1961)

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Rod Steiger: «Le mani sulla città» (1963)

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Gian Maria Volonté y Lea Massari: «Cristo si è fermato a Eboli» (1979)

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Rosi avistando y Gianni Di Venanzo con la cámara, en la plaza de toros: «Il momento della verità» (1965)

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