Juventud en marcha: Qué pasa con el cine de Joachim Trier

por Carlos Abascal Peiró


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Después de todo, en Noruega pasan cosas. Joachim Trier, por ejemplo. Un cine de acento generacional y filias universitarias —incluye planos cortos de ediciones de Roland Barthes— y, en fin, de discurso y estética en reivindicadísima deuda con la francofonía —uno descubre estantes inundados del conocido lomo de Gallimard— que por momentos transforma Oslo en una versión desierta y sombreada del literario París de Eustache. En las estupendas «Reprise» (2006) y «Oslo, 31 de agosto» (2011) late el deseo de contar a una banda de amigos enfangada en esa encrucijada de madurez: los niños, las facturas, las noches largas.  Las rubias de los otros. El referente aquí es efectivamente esa prosa tan masculina —a lo angry men— en la línea trazada por la «Diner» de Barry LevinsonWhit Stillman y su salingeriana «Metropolitan», o el Assayas sin ilusiones de la tierna «Fin août, début septembre».

Las fiestas de más, las cafradas artísticas y los artistas cafres pero, sobre todo, la camaradería como refugio antiaéreo, lavadero sentimental. De la vocación literaria de la pareja de colegas en «Reprise», obsesionados por editar una primera novela que funcione lo suficientemente mal como para ser recordada bien, al desquiciado y (también) muy leído scholar que vagabundea en «Oslo, 31 de agosto», un ex reportero cultural que, tras sobrevivir a la heroína y a un noviazgo colateral, sólo piensa en quitarse de en medio. Es, de nuevo, el suicidio como atajo recurrente del intelectual imberbe para dibujar —lo hacen ambas películas— otro retrato del artista (que hace no tanto fue) adolescente. Y ahí entra Anders Danielsen, el intérprete escogido por Trier para narrar las que probablemente sean sus propias taras, dueño de una fisonomía ingenua bajo cuya aparente fragilidad se escurre un pulso salvaje que, en un guiño a la gélida causticidad del otro Trier (pariente, al parecer), sacude regularmente la quietud-caoba-del-escritor-escandinavo. La tarea no es fácil. El joven director noruego asume fondo de armario y dirige a su actor al exigente modelo de Maurice Ronet en «El fuego fatuo» (1963) de Malle, de la cual «Oslo, 31 de Agosto» esboza un intencionado remake.

En resumen, está claro, las criaturas de Trier son de letras, suspiran por colar ensayos repletos de notas al pie en fanzines sesudos y pinchan temazos que suenan a The Hacienda y Factory Records pero, sorpresa, corren a cuenta del inexplorado presente noruego. Poesía de juventud, o las sucesivas prórrogas de un partido que languidece y —nos acordamos de Mia Hansen-Love avanza a trompicones para convertirse en otra cosa, en una huida. Hacia la madurez. Y aquí, claro, se huye a París, bien para hacerse un hombre, acabar esa novela o dejarse bigote. Son películas de amigos que se quieren y se dejan querer bajo la mirada condescendiente de una narrativa amiga —a veces de off voice, a lo Nueva Ola— y una cámara ágil que mima a sus personajes y rueda de más, anticipando el montaje al corte. Son películas de tíos de epidermis diáfana que visten básicos y llegan a los sitios en bicicleta (Trier maneja con soltura el travelling de manillar), y que al atardecer, mientras en Oslo asoma un sol tuberculoso, se bañan en muelles de madera de balsa y ríen de todo —vaya secuencia esa de los colegas y la editora en bikini. La vida también es eso. Mirar al norte.

 

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